En el GCBA nadie te echa, te ofrecen el retiro voluntario. Es el eufemismo con el que la city porteña resuelve lo que ya no quiere sostener: nadie asume el fracaso, todos “deciden” irse. Ese mismo librito parece haberse aplicado ahora a los contenedores antivandálicos, la joya de la gestión de Higiene de hace apenas un año: no los sacaron por defectuosos, “se van probando variables”, dijeron. El diagnóstico técnico es opcional; la salida elegante, no.

El dispositivo, pensado para que nadie pudiera revisar qué había adentro y evitar el ingreso de gente buscando comida, terminó generando el problema contrario: bolsas que no entraban, tapas trabadas, personas atrapadas. En Recoleta, donde había arrancado como prueba piloto, ya volvieron los tachos de toda la vida.

Con casi 7000 unidades instaladas en 2025 y sin que la Ciudad precise cuántas dieron de baja hasta ahora, el operativo se desarma puertas adentro, sin anuncio ni acto de cierre —como corresponde a todo retiro voluntario que se precie.

De fondo, el problema de gestión de basura no se resolvió: la limpieza sigue siendo uno de los reclamos vecinales más repetidos del último año (San Nicolás, Nueva Pompeya, Colegiales a la cabeza), y Espacio Público —ahora bajo la Jefatura de Gabinete de Sánchez Zinny— redobla la mano dura con multas a consorcios en lugar de explicar por qué el invento no funcionó.

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