Sin anuncios ni entrevistas, el líder del Frente Renovador se posiciona para 2027 como la salida cuando el resto no se ponga de acuerdo.

En política, no hablar también es una decisión. Sergio Massa lo sabe, y hace semanas que la usa. Desde la derrota de 2023 eligió una exposición mínima, y ahora la va dosificando con actos elegidos: uno en Rosario con Diego Giuliano, un homenaje a De la Sota, y este fin de semana un encuentro con más de mil jóvenes del Frente Renovador en la UBA. Ninguno fue un lanzamiento. Todos sirvieron para recordar que sigue ahí.

Por qué le conviene esperar

El peronismo tiene hoy dos polos que se miran de reojo: el kirchnerismo que quiere conducción propia y el gobernador bonaerense con su armado territorial. Mientras esos dos no resuelvan quién manda, cualquier tercero con volumen propio gana valor. Massa no compite en esa disputa; espera que se agote. Cuanto más se empantana la interna, más razonable parece un nombre que no le pertenezca del todo a ninguno de los dos bandos.

Ese es el activo. El pasivo es que su candidatura depende de la falta de alternativas, no de un proyecto que la sostenga por sí sola.

Lo que dijo y lo que no

En la UBA habló de renovación, de industria y de universidad pública, y evitó hablar de candidaturas. Pero hizo dos movimientos que vale mirar.

El primero fue reivindicar su paso por el Ministerio de Economía en el gobierno de Alberto Fernández, como quien puso el cuerpo cuando nadie quería. Es un relato posible, aunque no gratuito: lo vuelve a atar a una gestión cuyo balance el propio peronismo todavía discute. Si va por la Presidencia, tarde o temprano tendrá que explicar ese tramo, y también 2023.

El segundo fue un agradecimiento público a Emiliano Yacobitti, referente radical y vicerrector de la UBA, por prestar la sede. Es un gesto mínimo, pero un candidato del núcleo duro peronista no lo haría. Massa busca ensanchar su base hacia un votante moderado que en 2027 puede definir mucho.

Las señales del entorno

Hay dos tonos en su círculo cercano. Uno cauto, que pide paciencia y evita ponerle fecha a nada. Otro más entusiasta, que deja entrever que las ganas de volver a competir existen. Esa combinación permite mantener el suspenso sin comprometerse, algo que en política se llama capital.

Lo que puede salirle mal

Espera demasiado y aparece otro nombre que ocupe el lugar. O los dos polos llegan a un acuerdo y él queda sin espacio. O el mismo silencio que hoy le suma se convierte en ausencia y lo deja sin volumen cuando haga falta. Y queda el problema de fondo: una candidatura que se apoya en los errores ajenos no despierta entusiasmo, apenas resignación.

Lo que hay que seguir

No hay decisión antes del año próximo. Hasta entonces, hay que mirar tres cosas: quién lo invita, a qué actos va y a cuáles no, y cuánto se ensancha su base fuera del peronismo tradicional.