La ofensiva de Maximiliano Ferraro contra Manuel Adorni, pidiendo su salida del gobierno por inconsistencias patrimoniales y falta de explicaciones, no cayó en el vacío. Llega en un momento donde el oficialismo ya venía acumulando ruido por viajes, exposición y manejo de recursos, pero sobre todo donde empieza a haber una decisión política de algunos sectores de ordenar ese malestar en algo más concreto: ponerle nombre, argumento y costo.

Ferraro, que durante años orbitó bajo la sombra de Elisa Carrió, empieza a correrse de ese lugar. En la Coalición Cívica ya lo leen como el sucesor natural de “la doctora”, a la que ven en retirada progresiva. Pero lo novedoso no es el recambio generacional, sino el tono: por primera vez se lo ve golpear con la intensidad y la claridad de un cívico en modo activo. No es una denuncia al pasar; es una construcción política.

Desde el kirchnerismo no se veía a la Coalición Cívica con denuncias fuertes y presencia real en medios, como en 2015. Ferraro vuelve a ponerla en ese lugar, con notas, comunicados y hasta videos con IA. Y abre la duda: ¿es un pedido de Carrió o una jugada propia para volver a la mesa, picantear y negociar poder?

Porque en el fondo, lo de Adorni es apenas la excusa. Lo que está en juego es otra cosa: quién se queda con la voz de la oposición “institucional”, quién ordena la crítica con volumen político y quién llega con algo para ofrecer cuando se rearmen las mesas. Ferraro, por ahora, parece haber entendido antes que varios que la rosca no espera a nadie y las elecciones se cocinan mas antes que despues.

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