
La foto que definió la semana política no fue en un despacho ni en un búnker. Fue en el predio Padre Mujica de San Vicente, a pocos kilómetros de la Quinta donde descansan los restos de Perón. Había pasto, pelota, pechera y un resultado: 4 a 1. Ganó el equipo de los intendentes cristinistas contra el combinado massista, con Federico Otermín —el jefe comunal de Lomas de Zamora— como figura, autor de dos goles. El verdadero peso político del encuentro vino después, cuando todos se sentaron al asado en la histórica Quinta de San Vicente. Sergio Massa, que no había jugado, llegó como espectador y se acercó a Otermín y a Federico Achával, el intendente de Pilar. Mientras un grupo brindaba irónicamente por “la tercera es la vencida”, en alusión a una nueva candidatura presidencial del tigrense, Massa soltó una frase que los presentes leyeron como declaración de principios: “Ojo que acá tenemos una interna que resolver, muchachos”.
La interna en cuestión no es la de 2027 a secas. Es la batalla por la gobernación bonaerense, el distrito donde vota casi el 40% del padrón nacional y donde el peronismo lleva casi dos décadas sin perder. Con Kicillof decidido a jugar en la liga nacional y la Constitución provincial impidiéndole un tercer mandato, el sillón de Dardo Rocha quedó disponible. Y en el peronismo, cuando hay una silla libre, siempre hay más candidatos que lugares.
Por qué ahora
Tres datos explican por qué la sucesión, que parecía un debate para 2026 avanzado, se aceleró este mes. El primero es la caída libre de Milei en las encuestas: una medición de Opina Argentina detectó que el Presidente perdió 13 puntos de imagen positiva desde enero, y por primera vez quedó por detrás de Kicillof, Myriam Bregman y Cristina Kirchner. El segundo es el escándalo de enriquecimiento ilícito que envuelve al jefe de Gabinete Manuel Adorni, que sumó esta semana un departamento remodelado en Caballito, un viaje pagado en efectivo a Aruba y denuncias sobre conexiones narco de su escribana. El tercero es el reciente fallo adverso al país en la causa YPF, que la oposición empezó a usar como prueba de que el modelo libertario no garantiza el blindaje judicial que prometía.
“El Gobierno está desbarrancando. ¿Vos sabés lo que significa llegar a 25 puntos? Que nos acercamos a un escenario de despolarización. ¿Y ahí qué hacés?”, se pregunta uno de los hombres de confianza de Massa, según trascendió en los últimos días. La duda recorre el peronismo entero: si Milei se cae más rápido de lo previsto, el 2027 deja de ser una elección imposible. Y entonces la sucesión bonaerense deja de ser un trámite de gestión para convertirse en el premio mayor.
La vieja deuda con los intendentes
Hay un dato que se repite en los corrillos peronistas como un rezo: el último gobernador bonaerense con pasado como intendente fue Eduardo Duhalde, que había sido jefe comunal de Lomas de Zamora antes de su recorrido por la diputación nacional, la vicepresidencia y, finalmente, la gobernación entre 1991 y 1999. Desde entonces, los candidatos que ocuparon el puesto siguieron otro recorrido. Felipe Solá llegó a la gobernación en 2002 como vicegobernador de Carlos Ruckauf, cuando este renunció para asumir la Cancillería de Duhalde. Daniel Scioli venía de la vicepresidencia de Néstor Kirchner. María Eugenia Vidal, de la Ciudad. El propio Kicillof aterrizó en La Plata desde el Ministerio de Economía nacional. Los jefes comunales siempre se quedaron con las ganas.
Esta vez varios están dispuestos a romper esa tradición. Y muchos no se resignan a ser segundas marcas.
Los del axelismo: Ferraresi, Alak y el silencio de Katopodis
El primer carril es el del kicillofismo puro. Acá el nombre que más suena es el de Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda desde 2011 y uno de los primeros dirigentes que empujó a Kicillof como líder del peronismo por fuera de la órbita de Cristina y Máximo Kirchner. Ferraresi no hizo un lanzamiento formal, pero su postulación la puso en palabras —y en un acto público en Avellaneda— Andrés “Cuervo” Larroque, ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense. “Lo que hicieron Axel y Jorge es más que épico, es milagroso. Tenemos que poner en la Rosada a un hombre que tenga la sensibilidad necesaria para devolverle la alegría al pueblo. Para nosotros, ese hombre es Axel. Y para continuar esta enorme gestión en la provincia de Buenos Aires, seguro hay muchos compañeros y compañeras, pero si hay uno que lo merece es Jorge Ferraresi”, afirmó Larroque, dejando claro que el círculo íntimo del gobernador ya tiene candidato.
El segundo en la lista axelista es Julio Alak, intendente de La Plata, que viene sumando kilometraje y raid mediático con conversaciones cruzadas con otros jefes comunales. En los alrededores del Palacio de la Legislatura reconocen que Alak se mueve con la convicción de quien cree que su momento llegó: tiene experiencia (fue intendente platense entre 1991 y 2007 y volvió en 2023), llegada a sindicatos y un perfil moderado que lo hace digerible para sectores que rechazan al kirchnerismo más duro.
El tercero, Gabriel Katopodis, ministro de Infraestructura bonaerense que mantiene su jefatura política en San Martín, no grita su candidatura, pero tampoco la niega. Encabezó la lista de Fuerza Patria por la Primera Sección en 2025 y opera a través de la gestión y de un entramado de lealtades construido durante sus años en el gabinete nacional kirchnerista. En el armado del MDF, Katopodis es la pieza con mejor diálogo con todos los sectores.
Mariel Fernández y la foto imposible
La otra gran jugadora de la disputa no viene del axelismo ni de La Cámpora. Mariel Fernández, intendenta de Moreno, vicepresidenta del PJ nacional y referente del Movimiento Evita, fue la primera en animarse a decirlo en voz alta: “Sí, por supuesto. Yo me animo a todo. Es la voluntad de militante de transformar las cosas”.
El 16 de marzo lanzó oficialmente Reconquista, su línea interna, con un acto en Combate de los Pozos 102, a metros del Congreso porteño. El local no es una anécdota: es el símbolo de una construcción que cruza el conurbano y sale a pelear en territorio nacional. En la inauguración hubo bendición desde casi todos los sectores. Estuvieron Mayra Mendoza, figura central de La Cámpora; Emilio Pérsico y Leonardo Grosso, del Movimiento Evita; el diputado nacional Jorge Taiana; el referente porteño del kirchnerismo Mariano Recalde; los intendentes Federico Otermín y Nicolás Mantegazza; y Carlos Bianco, ministro de Gobierno bonaerense y vocero cotidiano de Kicillof. Cristina Kirchner, con prisión domiciliaria por la causa Vialidad, mandó un audio en el que definió a Fernández como “una dirigente que expresa idea y territorio, convicción y gestión”.
Es decir: Mariel Fernández logró sentar en la misma sala a kicillofistas, camporistas, evitistas y massistas. La foto que el peronismo no se sacaba hace años.
Su estrategia es declarada y explícita. “No podemos estar como espectadores viendo la pelea interna, o viendo cómo el país se cae a pedazos”, planteó en una entrevista con Tiempo Argentino. “Estoy construyendo para gobernar la Provincia de Buenos Aires, eso es así”. Apuesta al perfil equidistante: 48 años, mujer, dialoguista, con dos mandatos de gestión en uno de los municipios más complejos del conurbano. Ganó la reelección en 2023 con el 57,5% de los votos.
Tiene contras también. La principal: el bajo nivel de conocimiento fuera de la Primera Sección Electoral. “Mariel es muy de la Primera profunda. Al menos por ahora no hace pie en otras zonas de la provincia”, reconoce un dirigente cercano al gobernador. Y arrastra la mochila del Movimiento Evita, blanco sistemático del discurso de Milei sobre los planes sociales y los cortes de calle. Pero el “Se viene Mariel” pintado en paredones de todo el conurbano indica que la máquina está encendida.
Otro dato que circula en La Plata: el mandato de Fernández en Moreno expira en menos de dos años y, sin acuerdo por la reelección indefinida en los municipios, no podrá renovarlo. “Sale a tensar la situación de urgencia porque puede perder todo”, reconoció a La Nación un intendente de la zona. La sucesión bonaerense también es, para varios de los anotados, su última oportunidad antes de quedar sin cargo.
Mayra Mendoza: la espada de La Cámpora con licencia
En toda esta rosca hay un nombre que pesa más de lo que ocupa en las tribunas: Mayra Mendoza. Diputada provincial por Fuerza Patria desde el 10 de diciembre, exintendenta de Quilmes (donde dejó al frente a la concejala Eva Mieri, conocida por haber estado detenida tras el escrache a la casa de José Luis Espert), Mendoza es la carta natural de La Cámpora para la gobernación. Su propio salto a la Legislatura fue parte del operativo: blindar bancas para el cristinismo en una Cámara donde los próximos dos años se va a pelear cada partida del presupuesto provincial.
Su pelea con Kicillof es la más áspera del tablero. En noviembre, Mendoza no fue a un acto del Día de la Militancia que se hizo en la Universidad Nacional de Quilmes —su propio distrito— porque el invitado principal era el gobernador. Avisó que no había fondos para los arroyos San Francisco-Las Piedras en el presupuesto bonaerense y entró, según su entorno, en “modo opositora responsable”. La frase generó tal revuelo que el propio Máximo Kirchner tuvo que salir a desmentirla: “Máximo no piensa que La Cámpora sea oposición responsable”, deslizaron desde su entorno. Para los estándares del cristinismo, donde el mensaje suele ser monolítico, fue una grieta inédita.
Mendoza viene de revalidar título: encabezó la lista por la Tercera Sección en septiembre y ganó con el 53,93%. Pero hay un techo. “Mendoza representa algo que los bonaerenses no van a querer después de Kicillof”, argumentan desde el MDF, en referencia a un perfil más confrontativo que de gestión moderada. Y hay otro problema: en el peronismo del interior y entre los intendentes massistas no consigue apoyo. La carta cristinista llega con votos propios pero sin pisos de aliados.
El tercer espacio: Otermín, Achával y los huérfanos del Bandido
El dato más interesante del picado de San Vicente no fue el resultado, sino la composición del equipo ganador. Federico Otermín (Lomas de Zamora), Gastón Granados (Ezeiza), Nicolás Mantegazza (San Vicente), Gustavo “Tano” Menéndez (Merlo) y Julián Álvarez (Lanús) son intendentes que no responden ni al Movimiento Derecho al Futuro de Kicillof ni a La Cámpora ortodoxa. Achával, jefe comunal de Pilar, se mueve con autonomía dentro del axelismo. Del massismo se sumó Juan Andreotti, intendente de San Fernando.
Varios de ellos integraron la vieja línea insaurraldista del PJ bonaerense, que se desarmó tras el escándalo del yate Bandido y la caída en desgracia de Martín Insaurralde. Desde entonces trabajan en una reconstrucción lenta, a ritmo de gestión municipal. El dato político del picado es que fue la primera vez que Otermín y Achával aparecieron juntos: dos nombres que orbitan la discusión por la gobernación y que hasta ahora se cuidaban de no cruzarse en una foto.
“Es un espacio en formación”, reconocen sin pudor en el entorno. Y el número basta para entender por qué los miran con atención: los municipios de Lomas de Zamora, Pilar, Merlo, San Fernando y San Vicente, sumados, concentran un padrón mayor al de la mayoría de las provincias argentinas.
Otermín, con pasado como presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, viene tendiendo puentes con sectores productivos. Achával, jefe comunal de uno de los pocos distritos del norte donde el peronismo aún resiste, se queja en privado de los problemas financieros de la Provincia. Ambos tienen un activo que el peronismo aprende a valorar: ganan en distritos donde no dependen del aparato kirchnerista.
Massa: entre la tercera presidencial y la cocina
La reaparición del tigrense después de meses de perfil bajo es el movimiento más relevante del tablero. Massa venía sosteniendo una estrategia de bajo voltaje: marchas universitarias, el 24 de marzo, reuniones reservadas con gobernadores y legisladores del interior. En el entorno decían que priorizaba la construcción nacional antes que disputar cargos. El asado en San Vicente marcó un giro.
Tampoco fue un movimiento aislado. El lunes pasado, Kicillof recibió a Massa en la Residencia de Gobernación de La Plata. El encuentro fue de bajo perfil pero se filtró rápido. Hablaron del escenario 2027 y de la necesidad de evitar una fractura del peronismo. Massa, según trascendidos, le sugirió al gobernador construir una relación más pragmática con el empresariado, bajo una lógica de “ganancias compartidas”. La traducción, en boca de los suyos: menos épica, más números.
El tigrense no se resigna a no ser candidato, aunque arrastra la mochila de haber sido ministro de Economía cuando la inflación anual cerró el 2023 en 211,4%. La hipótesis que circula en su entorno es doble: si Kicillof se debilita, asoma como alternativa presidencial; si la sucesión bonaerense se complica, podría jugar la propia. Por ahora se deja querer y mueve fichas en ambos tableros.
Lo que mira el peronismo federal
Lejos del conurbano y de las internas porteñas, hay un sector que observa con preocupación el ruido bonaerense. Los gobernadores peronistas del interior —Gildo Insfrán en Formosa, Ricardo Quintela en La Rioja, Sergio Ziliotto en La Pampa, Osvaldo Jaldo en Tucumán, Raúl Jalil en Catamarca— están más cerca de un peronismo dialoguista que de la épica del kirchnerismo. Sergio Uñac, exgobernador de San Juan, montó base operativa en Belgrano y se mueve como contrapeso de Kicillof: propone internas abiertas, habla de “peronismo del interior” y mantiene línea con Cristina.
A esto se suma una conversación que empezó a tomar forma en los últimos días. Miguel Pichetto, diputado nacional y referente del peronismo dialoguista, visitó a Mariel Fernández en Moreno y elogió su perfil. Emilio Monzó y Nicolás Massot, dos exjefes del bloque PRO en Diputados, se reunieron con Kicillof. La idea, según dijeron a Infobae, es construir un frente opositor amplio para 2027 que no quede capturado por ninguna de las tribus tradicionales. Es una apuesta arriesgada y embrionaria, pero tiene un argumento claro: el peronismo solo no le gana a Milei.
No todos en el peronismo creen que esto sea posible. “Es muy difícil avanzar en algo con La Cámpora”, admiten en el sector federal. La pregunta es si el espacio que se construya alrededor de Kicillof —o alrededor de quien quede como candidato bonaerense— puede contener a sectores que hace dos años se sacaban los ojos.
El marco general
Mientras tanto, Kicillof no se queda quieto: recorre provincias, instala franquicias del MDF, se reúne con intendentes leales, articula con gobernadores y arma su Centro de Estudio de Derecho al Futuro. Pero sabe también que no puede desentenderse de la sucesión bonaerense. Si el peronismo pierde la Provincia en 2027, cualquier proyecto nacional queda cojo. Y en el cristinismo más duro hay quienes, en voz baja, no descartan cobrarse la afrenta: dejar que Kicillof se queme en una candidatura presidencial complicada para recuperar después la conducción del movimiento.
El problema es el clásico del peronismo: demasiados candidatos, pocos cargos. Algunos dirigentes ya imaginan unas PASO internas como mecanismo ordenador, si el Gobierno no logra eliminarlas antes. Otros prefieren el consenso, la vieja mesa chica, la cocina a puertas cerradas. Lo que nadie discute es que estos próximos meses van a ser una pulseada constante por el control del aparato.
Hay un detalle que pasó desapercibido en la jornada de San Vicente. Cuando los intendentes brindaban irónicos por “la tercera es la vencida” para Massa, el tigrense miró alrededor y dijo: “Tenemos que ser inteligentes, muchachos. La gente está mirando cómo nos paramos, no qué nos peleamos”. Si el peronismo entendió ese mensaje o si lo va a aprender por las malas, todavía no se sabe.
Lo único seguro es que, mientras Milei pierde puntos cada semana y los escándalos del oficialismo se acumulan, en la histórica Quinta de Perón empieza a circular nuevamente algo que en el peronismo bonaerense había desaparecido durante dos años: la sensación de que volver al poder ya no es una fantasía.