¿El insider del centro?

Por qué el expresidente apuesta a la experiencia cuando la política argentina sigue premiando la disrupción


Hay un consenso casi unánime en la dirigencia política argentina: el que venga después de Milei tiene que ser, de algún modo, como Milei. Disruptivo. Ajeno al sistema. Capaz de encarnar el enojo de una sociedad que lleva décadas desconfiando de los de siempre. La lógica parece impecable: si el ciclo kirchnerista fue roto por un outsider furioso, el ciclo libertario también lo será por otro outsider. La Argentina, según este consenso, tiene una sola velocidad: la del borrón y cuenta nueva.

Mauricio Macri parece no creerles. Y está apostando su carrera política entera a eso.


El tour que no parece una campaña pero lo es

El mapa habla solo. En marzo, Parque Norte con tres mil dirigentes. Después Chaco con el gobernador Zdero. El 22 de mayo, Mendoza con Cornejo: “El PRO tiene que estar listo cuando llegue el momento. Tenemos que llegar con capacidad de construir lo que falta.” El 5 de junio, Paraná con Frigerio y Santa Fe con Pullaro, donde lo recibieron con entrada de rockstar. La semana que viene, más provincias.

En su entorno lo dicen sin vueltas: “Se vienen más visitas a intendentes y gobernadores.” La agenda se construye semana a semana con una lógica territorial que recuerda más a la de un candidato en año electoral que a la de un expresidente en modo reflexivo. Porque eso es, en definitiva: un candidato que todavía no lo dice. Que cuando le preguntan responde que está “entrenando para correr 100 metros en los Juegos Suramericanos”. Que la sala se ríe. Que nadie le cree.


La tesis que nadie dice en voz alta

La apuesta descansa sobre una hipótesis que nadie puede confirmar todavía pero que Macri parece haber comprado con convicción casi religiosa: que la sociedad argentina, después del experimento libertario, va a querer algo distinto a otro terremoto.

Que va a querer a alguien que sepa dónde están los ministerios. Que tenga cuadros formados. Que no aprenda en el cargo lo que debería saber antes de llegar.

Eso es lo que significa ser el insider del centro. No es el candidato del sistema político tradicional —ese rol lo ocupó siempre el peronismo—. Es el candidato que conoce el Estado sin ser el Estado. Que tiene equipos sin ser la casta. Que maneja los códigos institucionales sin haber vivido dentro de ellos toda su vida. Una diferencia sutil, casi filosófica. Y en la Argentina de 2027, puede ser políticamente decisiva. O puede ser exactamente lo que el electorado vuelva a rechazar. Pero Macri la está jugando igual.


Los mensajes a Milei que no son accidentales

Cada vez que Macri se diferencia de Milei en público está construyendo algo. No es espontáneo. Es un sistema.

En Mendoza lo adelantó con una metáfora naval: “Los enemigos del cambio a veces están afuera, pero también pueden estar adentro.” En Santa Fe lo remató con Boca Juniors —él, que condujo el club doce años—: “Llegó alguien que lo amamos por lo que hizo dentro de la cancha y le confundió ese amor con la posibilidad de creerse más importante que el club.” El destinatario era obvio. El tono, calculado. La sonrisa, ensayada pero efectiva.

Según sus entornos, Macri y Milei no se hablan desde noviembre, cuando compartieron una cena organizada por Francos. Esa noche, Macri se enteró que Francos dejaba el Gobierno. No fue una despedida cordial. Desde entonces, la distancia dejó de ser un problema a resolver y se convirtió en parte del relato: yo soy lo que él no es. Orden institucional. Liderazgo que no depende de un solo hombre que se cree más importante que la institución que conduce.


El nuevo logo: cuando el branding es un manifiesto

El mismo viernes del acto en Santa Fe, el PRO lanzó el rediseño de su identidad visual. La elección del momento no fue casual. Tampoco las palabras: “Cambiar no es traicionar quién sos. Cambiar es tener el coraje de evolucionar. Una nueva identidad visual que no borra nuestra historia, sino que la proyecta hacia adelante.”

Es la misma paradoja que define a Macri como candidato. No soy un outsider que viene a romper todo. Soy alguien que ya estuvo, que aprendió, que evolucionó. El logo nuevo como metáfora del insider que se reinventa. La marca actualizada como escudo contra la acusación de pasado.


El mapa que está dibujando

El centro político argentino está, por primera vez en años, genuinamente vacante. El peronismo moderado disuelto. El radicalismo sin conducción. La centroderecha no libertaria sin referente. Cristina sin candidatura por su condena. El carril republicano, pro-institucional y con experiencia de gestión está disponible como pocas veces en la historia reciente.

Macri lo ve y lo recorre literalmente: Cornejo, Frigerio, Pullaro. No son visitas de cortesía. Son la geometría silenciosa de una coalición que todavía no tiene nombre pero que ya tiene forma. El viejo Juntos por el Cambio con otro envoltorio y, según él, con otra madurez.


El número que no cierra

El problema es que las encuestas no acompañan la narrativa. Atlas Intel y Bloomberg midieron 69% de imagen negativa y apenas 22% de positiva. El consultor Cristian Buttié lo sintetizó con brutalidad clínica: “Si competitivo es ganar las elecciones, lo veo difícil. Si competitivo es sacar un porcentaje que limite las posibilidades de Milei para ganar en primera vuelta, sí, eso es más factible.”

Macri como presidente, hipótesis de trabajo. Macri como aguafiestas del oficialismo en primera vuelta, certeza casi matemática. Y esa distinción, en la cocina política argentina, no es menor.

Hasta desde adentro llegan señales de que el debate está abierto. Guillermo Dietrich, exministro y hombre del riñón del gobierno macrista, lo planteó esta semana con una honestidad que pocos se animarían: el PRO no existe para el PRO, existe para transformar la Argentina. Que la supervivencia del partido no puede ser un fin en sí mismo. Es, paradójicamente, el argumento más macrista de todos: la política como herramienta, no como objetivo. Y si algo define la nueva etapa que Macri intenta construir, es exactamente eso: un partido que quiere gobernar porque tiene ideas, no ideas porque quiere gobernar.


El insider en un país que ama a los outsiders

Argentina tiene una relación complicada con la experiencia. La premia en el discurso y la castiga en las urnas. Elige la épica del cambio total sobre la prosa de la gestión acumulada. Y cuando el que prometió refundar defrauda, no elige a alguien con más experiencia: elige a otro que promete refundar más fuerte.

Macri lo vivió en carne propia. Llegó en 2015 con el gradualismo y la modernización, y se fue en 2019 con el FMI encima y la sensación colectiva de que había sido una forma elegante de no animarse. Si ahora vuelve a apostar es porque cree que después de Milei —de la motosierra, del experimento permanente, de la gestión como performance— la próxima demanda social no va a ser otro terremoto sino alguien que sepa armar lo que el terremoto rompió.

Puede tener razón. O puede estar diseñando, con toda la sofisticación del mundo, la campaña que debería haber hecho la vez anterior.

Lo que es seguro es que la apuesta es original. Mientras todos buscan al próximo outsider que sacuda la mesa, Macri decidió ser lo contrario. El hombre que ya estuvo, que aprendió, que tiene equipos, que conoce el Estado. Y que quiere que eso cuente como mérito y no como condena.

El insider del centro. En un país que todavía no sabe si eso es una propuesta o un epitafio.


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