
La crisis de imagen del Gobierno abrió una pregunta que hasta hace poco sonaba exagerada: ¿y si Bullrich termina siendo la carta de reemplazo del oficialismo si Milei no llega competitivo a 2027?
No es una hipótesis cerrada. Es una posibilidad que empieza a circular en voz baja en mesas políticas, consultoras y dirigentes que miran encuestas con una mezcla de ansiedad y supervivencia. En abril, distintos relevamientos mostraron un deterioro fuerte de la imagen presidencial y ubicaron a Bullrich como una de las figuras oficialistas con mejor nivel de valoración pública. La Universidad de San Andrés registró la aprobación del Gobierno en 36%, su piso desde la llegada de Milei al poder, mientras otros sondeos marcaron una caída pronunciada del Presidente y una mejor posición relativa de la ministra de Seguridad.
Ahí aparece el dato político: Bullrich puede tener imagen, puede tener volumen propio y puede tener discurso de orden. Pero para una aventura presidencial necesitaría algo que La Libertad Avanza todavía no terminó de construir: territorio, fiscales, intendentes, legisladores, estructura y una marca capaz de contener a sectores no libertarios.
Es decir: necesitaría al PRO.
Y en el PRO todavía quedan bullrichistas. Algunos explícitos, otros silenciosos, otros reciclados en la convivencia con el mileísmo. No todos se fueron con los diputados que rompieron el bloque amarillo para sumarse a La Libertad Avanza, una jugada que en 2025 mostró hasta dónde había llegado la fractura interna del partido. Entre los nombres que dieron ese salto aparecieron Damián Arabia, Silvana Giudici, Patricia Vázquez, Sabrina Ajmechet y Laura Rodríguez Machado, todos asociados al armado bullrichista.
Pero la fuga no vació del todo al PRO. Dejó algo más interesante: una corriente sentimental, ideológica y operativa que sigue mirando a Patricia como la única figura capaz de unir tres mundos que hoy se desconfían entre sí: el votante PRO duro, el libertario de orden y el antikirchnerismo no mileísta.
A esa fantasía algunos ya le pusieron nombre: Unión Liberal PRO.
No sería simplemente una alianza electoral. Sería una operación de rescate. Para Bullrich, significaría recuperar estructura sin volver dócilmente a la casa amarilla. Para los bullrichistas que siguen adentro del PRO, sería la revancha histórica contra el ala dialoguista, larretista o macrista tradicional. Para el PRO, sería una salida menos humillante que ser absorbido por La Libertad Avanza sin condiciones.
El problema es que esa unión tiene demasiados dueños potenciales.
Mauricio Macri no va a entregar el sello sin cobrar peaje. Jorge Macri necesita que el PRO conserve identidad porteña. Cristian Ritondo y Diego Santilli juegan con lógica bonaerense y federal. Y Karina Milei mira cualquier crecimiento propio dentro del oficialismo como una amenaza antes que como una oportunidad. La interna entre Bullrich y el karinismo ya fue señalada como una tensión contenida dentro del Gobierno: no chocan de frente, pero tampoco juegan exactamente el mismo partido.
Por eso la Unión Liberal PRO es, por ahora, una idea más que una arquitectura. Una consigna de pasillo. Un deseo de quienes creen que el PRO no debe morir, pero tampoco volver a ser el PRO blando de los focus groups y las mesas chicas eternas.
La tesis de fondo es simple: si Milei se recupera, Bullrich seguirá siendo una pieza central del oficialismo. Si Milei se cae, Bullrich puede transformarse en el seguro de vida de una parte del sistema. Y si el PRO no quiere quedar reducido a una franquicia municipal, tendrá que decidir si vuelve a tener candidato propio o si se convierte en la estructura territorial de otra jefa.
La política argentina siempre encuentra nombres nuevos para viejas pulsiones.
Esta vez el nombre podría ser Unión Liberal PRO.
Una marca para ordenar el sueño de los bullrichistas: volver al PRO, pero sin pedir permiso.