18 de julio de 2026
Malvinas volvió al centro del debate internacional por una vía inesperada: una columna publicada el jueves 16 de julio en el diario británico The Guardian, firmada por Simon Jenkins, en la que sostiene que las islas “no pueden seguir siendo británicas para siempre” y reclama que Londres retome en algún momento las negociaciones de soberanía con la Argentina.
El texto es una columna de opinión y no expresa la posición editorial del diario ni la del gobierno británico. Pero su impacto fue inmediato, porque llegó apenas horas después de que los jugadores de la Selección desplegaran una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” en el césped del Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, tras el 2 a 1 sobre Inglaterra —con gol decisivo de Lautaro Martínez— que metió a la Argentina en la final del Mundial 2026.

El argumento: Gibraltar como espejo
Jenkins construye su planteo sobre un contraste. Por un lado, el acuerdo alcanzado esta semana entre el Reino Unido y España para desmantelar la frontera terrestre de Gibraltar. Por el otro, la escena de Atlanta. A partir de ahí, el columnista sostiene que ninguno de los territorios heredados de la era imperial británica tiene un “derecho eterno” a permanecer como está.
El costo aparece como argumento central: la defensa del archipiélago le insume al contribuyente británico más de 60 millones de libras por año, para una población que ronda los 3.600 habitantes. Jenkins también recuerda que, antes del desembarco de 1982, Londres avanzaba en tratativas sobre el estatus de las islas —incluido el acuerdo de comunicaciones de 1971 y una propuesta de leaseback, por la cual la Argentina recuperaba la soberanía y el Reino Unido conservaba la administración por un período determinado— y que fue la acción de la dictadura la que hizo naufragar esas conversaciones. También apunta que la victoria en la guerra rescató de la impopularidad a la gestión de Margaret Thatcher.
Hay un tramo más incómodo. Jenkins compara el trato dado a los isleños con el que recibieron los habitantes de Hong Kong o del archipiélago de Diego García, y sugiere que la diferencia se explica porque los kelpers son blancos y británicos. Sobre el referéndum de 2013 —en el que el 99,8% de 1.517 votantes eligió seguir siendo territorio británico de ultramar— reconoce la expresión de voluntad, pero sostiene que no resuelve el diferendo de soberanía ni anula el reclamo argentino reconocido por Naciones Unidas.
Su conclusión es tan directa como incómoda para Downing Street: tarde o temprano, un gobierno británico tendrá el valor de reabrir las negociaciones. Aunque el propio autor se muestra escéptico sobre que una bandera desplegada en un estadio norteamericano pueda mover esa aguja.
No es la primera vez que Jenkins escribe en esta línea: ya había cuestionado la continuidad británica en el Atlántico Sur tras la entrega del archipiélago de Chagos a Mauricio.
La respuesta oficial británica
El gobierno de Keir Starmer no dejó pasar el episodio. La vocera del primer ministro fijó la posición oficial en la conferencia habitual con periodistas parlamentarios con una frase que sintetizó el tono: el Mundial podrá no ser británico, pero las islas sí lo son. Y agregó que la posición del Reino Unido no cambió.
En paralelo, Londres pidió a la FIFA que investigue si la exhibición de la bandera violó las normas que prohíben mensajes políticos, religiosos o ideológicos en competencias oficiales. El secretario de Empresa y Comercio, Peter Kyle, calificó la conducta de los jugadores como “totalmente inapropiada” y sostuvo que la política debe mantenerse al margen del fútbol.
El detalle no menor: la FIFA había prohibido expresamente el ingreso de pancartas sobre Malvinas al estadio. La bandera igual apareció después del pitazo final, entregada por hinchas desde las tribunas y sostenida en el campo por Giovanni Lo Celso, Cristian Romero y Nicolás Otamendi.
El antecedente está a mano: en junio de 2014, antes del Mundial de Brasil, la Selección mostró la misma consigna en un amistoso ante Eslovenia en La Plata y la AFA terminó multada por la FIFA en 30.000 francos suizos. El código disciplinario habilita sanciones económicas tanto a la federación como a los futbolistas de manera individual.
Milei: respaldo al gesto, pero vía diplomática
Javier Milei respaldó a los jugadores. En una entrevista con radio El Observador consideró “válido y lícito” que se expresaran y describió el reclamo como un sentimiento compartido por el conjunto de la sociedad argentina. Enseguida marcó el límite: “Las Malvinas son argentinas, las vamos a recuperar y lo vamos a hacer en el plano diplomático”.
El Presidente pidió no leer el episodio como una escalada en la disputa bilateral, recordó que tanto Lionel Scaloni como los veteranos de guerra habían pedido antes del partido no mezclar fútbol con soberanía, y descalificó como “berrinches” algunas de las reacciones. También reivindicó la gestión de Cancillería, a la que le atribuyó haber conseguido que Naciones Unidas volviera a instar al Reino Unido a retomar el diálogo, y se declaró “más cerca” de recuperar las islas.

Por qué importa
Para la Argentina, el referéndum de 2013 no altera el núcleo del conflicto: Naciones Unidas sigue considerando a Malvinas un caso pendiente de descolonización y no una cuestión saldada por autodeterminación. La posición argentina se apoya en la continuidad histórica del reclamo, la integridad territorial y el llamado permanente de la ONU al diálogo bilateral. La postura formal británica, en cambio, sigue anclada en el consentimiento de los isleños: sin ese aval, no hay negociación posible.
Lo significativo de la columna de Jenkins no es que aporte un argumento nuevo, sino de dónde viene. Un columnista veterano de un medio británico de alcance global reinstala una pregunta que Londres prefiere no responder: cuánto tiempo más puede una potencia europea sostener un enclave a 14.000 kilómetros de su territorio, con un costo anual millonario y una legitimidad discutida en el sistema multilateral.

La guerra de 1982 duró 74 días y dejó 649 militares argentinos, 255 británicos y tres civiles isleñas muertos. Cuarenta y cuatro años después, el debate volvió a abrirse desde el lugar menos esperado: las páginas de opinión de un diario británico.