Santoro conoce ese papel de memoria: buen candidato, buena instalación, buen volumen, mal final. En la Ciudad siempre aparece competitivo, siempre ordena al peronismo local, pero nunca termina de romper el techo. Y a veces la política hace eso: te da visibilidad, pero no te da salida. Por eso el café con Natalia de la Sota no sonó a postal amable. Sonó a otra cosa.

El nombre de Santoro ya aparece en la conversación del peronismo 2027, junto a Kicillof, Massa, Uñac, Pichetto y la propia De la Sota. Y la foto entre ambos fue leída como parte de un “operativo centro”, una búsqueda de amplitud para salir del núcleo duro y probar un peronismo más dialoguista, más federal y menos encerrado en su propia liturgia.  

La hipótesis, entonces, ya circula sola: tal vez Santoro empezó a entender que seguir siendo el eterno aspirante a jefe de Gobierno porteño lo mantiene en carrera, pero no lo proyecta. Y que su mejor negocio ya no es ganar la Ciudad, sino meterse en una discusión nacional donde pueda valer como pieza de fórmula, de interna o de síntesis. No hay candidatura lanzada. Pero sí hay un dirigente que parece haber olido que su próximo salto no está en Uspallata. Está bastante más arriba.

A veces un café no arma una fórmula. Pero sí delata una ambición.

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