El país amaneció en pausa. Trenes vacíos. Subtes cerrados. Bancos con persianas bajas. La CGT activó el paro general de 24 horas justo cuando la reforma laboral aterrizó en la Cámara de Diputados. No es casualidad. Es sincronización política. Cuando el oficialismo necesita número fino, el sindicalismo muestra músculo.

El Gobierno de Javier Milei apuesta a aprobar su ley emblema y mandar una señal de gobernabilidad. La CGT, en cambio, busca demostrar que todavía puede apagar el país si le tocan el corazón laboral. En el medio, diputados que cuentan votos como si fueran fichas de casino: radicales sueltos, PRO pragmáticos y bloques provinciales mirando el termómetro de la calle.

La escena es clara: el Congreso debate, la calle presiona y ambos lados juegan a no retroceder. No es solo una ley. Es una prueba de poder.

Si el oficialismo consigue los números, consolida autoridad. Si la protesta escala, la narrativa cambia. La pregunta no es si hay paro. La pregunta es quién sale más fuerte mañana.

¿Vos cómo la ves? ¿Es reforma o es pulseada?

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