Ochenta y un años después de aquella movilización que cambió la historia argentina, el peronismo vuelve a las calles, pero sin una conducción clara. Kicillof prepara su demostración de fuerza en La Matanza, el cristinismo se concentra en Constitución y Sergio Massa mantiene abiertas sus conversaciones mientras define cómo participar.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores llegaron a Plaza de Mayo y cambiaron para siempre la política argentina. No fue solamente una movilización por la libertad de Juan Domingo Perón: fue la irrupción de una Argentina que reclamaba representación, trabajo, organización y un lugar en las decisiones nacionales. Ochenta y un años después, aquella tradición sigue vigente, aunque sus herederos llegan al Día de la Lealtad con una paradoja difícil de disimular: **todos reivindican la misma historia, pero todavía no consiguen mostrar su baston de mando. **
Axel Kicillof prepara su acto en La Matanza, el distrito gobernado por Fernando Espinoza, uno de sus principales aliados territoriales y aspirante a la sucesión provincial.
El gobernador busca consolidar el Movimiento Derecho al Futuro, acompañado por intendentes y funcionarios que pretenden construir una conducción con mayor autonomía respecto del kirchnerismo. Allí aparecen dirigentes como Gabriel Katopodis, Jorge Ferraresi y Carlos Bianco, todos queriendo ser ungidos el sucesor en la provincia.
El cristinismo, por su parte, prepara una concentración frente a San José 1111, donde Cristina Fernández de Kirchner cumpliría prisión domiciliaria.
La Cámpora y los dirigentes vinculados a Máximo Kirchner buscan mantener la centralidad política de la expresidenta, cuya condena firme la mantiene inhabilitada para competir electoralmente.
Máximo, para mostarse fuera de capital federal, tendría previsto viajar a Chaco para compartir actividades con Jorge Capitanich.
La conducción histórica y la estructura del partido como muestra de poder. Sello sin plata, es sello de goma.
¿Y Sergio Massa? El líder del Frente Renovador todavía no definió públicamente su actividad para el 17.
Mientras tanto, mantiene una red de intendentes, legisladores y dirigentes provinciales que le permite conversar con sectores enfrentados. El massismo tiene peso territorial en municipios como San Fernando, donde gobierna Juan Andreotti, y vínculos con dirigentes de diferentes tradiciones peronistas.
Guillermo Michel ya intervino en la discusión al cuestionar los tiempos de quienes anticipan una interna presidencial.
Por ahora, Massa no anunció una candidatura ni una alianza sucesoria: su posición sigue siendo la de un actor con capacidad de interlocución dentro de una negociación abierta.
La disputa no se reduce a dos apellidos. Los intendentes quieren participar de la selección de candidatos, los gobernadores buscan construir relaciones nacionales y los sectores sindicales reclaman respuestas para el empleo y los salarios. También aparecen nombres como Gabriel Katopodis, Julio Alak, Leonardo Nardini y Federico Achával en distintas conversaciones sobre el futuro bonaerense.
El interrogante de fondo es si el peronismo conseguirá organizar una propuesta que vuelva a colocar en el centro la producción, el trabajo, la educación, la seguridad y la capacidad de gobernar, o si continuará consumiendo parte de sus energías en resolver su conducción.
Hay al menos tres caminos posibles: un acuerdo de unidad con reglas compartidas, una interna que ordene las candidaturas o la prolongación de las estructuras separadas.
La lealtad del peronismo se origina en el poder, y uno parece tenerle miedo; otra no puede ejercerlo. El tercero, en silencio, intenta optar por el acompañante más decoroso, pero la decisión parece difícil.
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