EL NAC&POP DE MILEI: EL POPULISMO DE IDENTIDAD QUE SE VA A RADICALIZAR EN 2027

Milei jura que jamás sería populista y esta semana lo repitió en la cara de los deudores. Pero esa negación es, justamente, la clave. Su Nac&Pop ya está en marcha: no reparte plata, reparte pertenencia. Y sin caja para aflojar, todo indica que rumbo a 2027 lo va a subir al doble de volumen.

Buenos Aires, 6 de agosto de 2026.

Empecemos por la escena de esta semana. Con la imagen golpeada —seis de cada diez lo desaprueban— y la elección a la vista, Milei tenía el manual servido: aflojar, tirar plata, comprar humor. Hizo lo contrario. Ratificó que no cambia el rumbo por razones electorales y les dijo a los millones de endeudados que no llegan que su problema “es una transacción entre privados”. Traducción: acá no hay populismo.

Y ahí está el error de lectura de casi todos. Esa negación no es la ausencia de populismo. Es su forma más refinada.

La teoría es esta: el Nac&Pop de Milei ya está en marcha, solo que le amputaron la pata que todos miran. El “popular” del peronismo era material —el plan, el subsidio, la paritaria—. El de Milei no puede serlo: el superávit es su único activo de campaña y romperlo sería pegarse un tiro en su propio relato. Entonces hace la conversión más audaz de la política argentina reciente: transforma el ajuste mismo en gesto popular. El sacrificio como épica. “Bancátela, que esto es contra la casta.” No te da plata: te da un enemigo y una causa. El “Pop” no desaparece; muta de reparto a pertenencia.

Por eso su populismo consiste en negar que hace populismo. El día que admita que sale a seducir, pierde el relato del rebelde austero. La ortodoxia es la seducción.

Ahora, lo que viene. La tesis no es que esto aparezca —ya está—, sino que se va a radicalizar. Y hay una razón fría: la economía corre a dos velocidades. Arriba, la macro festeja —inflación en baja, reservas, riesgo país en pisos—; abajo, el bolsillo no se mueve, con la morosidad en alza y una reactivación que no se siente, y no se va a mover antes de octubre de 2027. Sin palanca fiscal para comprar humor, a Milei le queda una sola herramienta. Y cuando te queda una sola herramienta, la usás cada vez más fuerte.

De ahí se desprende qué mirar. Uno: el enemigo, más alto. Cuanto más se gasta la promesa de la cosecha, más va a subir el volumen del “ataque de la política” y del kirchnerismo como amenaza. 2027 dejaría de ser un balance de gestión para volverse un plebiscito entre la libertad y el regreso del pasado: nadie mira la góndola si cree que enfrente está el abismo. Dos: el caramelo de precisión. No abre la canilla, la abre con gotero —el bono por única vez a las fuerzas de seguridad de estos días es el molde—: gestos sectoriales, bien filmados, que devuelven algo sin tocar el superávit. Populismo con caja quirúrgica, no con caja abierta.

Y como todo populismo necesita territorio, la parte que no se ve se juega lejos del micrófono. Mientras en cadena nacional se planta en la pureza, en las provincias el mileísmo negocia, cede y hace rosca: más de ocho distritos ya desdoblan sus elecciones para no atarse a su humor, y la interna con el PRO define quién pone los votos. La ortodoxia es para la tribuna. El pragmatismo, para el mapa.

La prueba de la teoría va a estar en los próximos meses. Si el bolsillo no arranca, esperá tres cosas: el enemigo más filoso, los gestos quirúrgicos más seguidos, y a Milei jurando —con más énfasis cuanto más lo necesite— que él jamás haría populismo. Esa última frase no lo desmiente: lo confirma. Porque el populismo no es una ideología. Es lo que hace el poder cuando siente que se le escapa. Y no pregunta si sos libertario. Pregunta cuánto miedo tenés a perder.

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