
La política argentina transita uno de sus momentos más complejos desde el inicio de la gestión libertaria. El escándalo que tiene a Manuel Adorni como protagonista acumula más de cien días sin resolución, y ni siquiera el Mundial 2026 logró opacarlo en la conversación social. El jefe de Gabinete está siendo investigado por enriquecimiento ilícito desde hace más de tres meses, y su situación le impide al oficialismo confrontar con la oposición en cualquier otro terreno.
El peronismo, por su parte, no logra articular una alternativa: fragmentado en provincialismos y sin conducción nacional unificada, cada distrito juega su propio juego de cara al 2027. La UCR y el PRO navegan sin brújula, atrapados entre la necesidad de diferenciarse de LLA y el riesgo de quedar del lado del kirchnerismo. El propio Menem fue quien salió a marcar el límite hace pocos días: afirmó que una candidatura presidencial de Macri le haría “un favor al kirchnerismo”.
Es en ese escenario donde el nombre del presidente de la Cámara de Diputados empieza a circular con más fuerza. En los pasillos del Congreso y en las charlas de café de la política porteña, Menem aparece cada vez más asociado a roles de mayor peso institucional de cara al próximo ciclo electoral. Versiones que él mismo se encargó de desactivar con una sola frase: “Voy a estar en donde el presidente me necesite”.
Para el armado libertario, la señal llega en el momento justo. El Gobierno viene funcionando a dos velocidades: con buenas noticias en el plano económico pero sin poder salir del barro político que genera el caso Adorni, que afecta la dinámica gubernamental y opaca cualquier iniciativa de gestión. En ese contexto, la lealtad pública de uno de sus dirigentes con mayor proyección institucional no es un gesto menor.
Menem cierra filas. Sin ambigüedades y sin correr la vista hacia adelante. Al menos por ahora.