Nadie te afilia. Nadie te jura nada. Un día te ponen un cuerpo tibio en los brazos y entendés, de golpe, que acabás de abrazar una causa para toda la vida.
Y militás. Militás de madrugada, cuando no hay marcha ni cámara, solo una fiebre que baja y una mano en la frente. Militás el aguante de los días grises, la reunión que nadie aplaude, el límite que duele ponerte. Porque ya lo sabías: las ideas no valen hasta que se vuelven actos, y los actos, hasta que cambian algo de verdad.
Hay una bandera. No es la de un partido: es la palabra que se cumple, la forma de pararse frente a la injusticia, el modo de mirar al que se cae. No se la enseñaste con discursos: se la fuiste pasando de mano en mano, en la cocina, en la mesa, en el viaje largo en auto, en el silencio. Hasta que un día la toma solo. Y la lleva, encima, un poco más alto que vos.
Ahí está la única elección que nunca se pierde.
Perón decía que la organización vence al tiempo. Alfonsín, que los hombres pasan, las ideas quedan. Dos veredas, una sola certeza: lo que de verdad importa nos sobrevive. La paternidad es esa certeza hecha carne. Un esfuerzo que no cabe en una vida, que se larga sabiendo que la cosecha es ajena, que trabaja para los que vienen.
Y la consigna final es la más brava de todas: militás para volverte innecesario. No querés un hijo que te necesite siempre. Querés uno que pueda, algún día, levantar lo suyo, militar su propia patria, sostener su propia guardia.
Ser padre es montar la guardia más callada: la que nadie ve, la que no se cuenta, la que se hace para que el hijo pueda dormir tranquilo, sin saber siquiera que hay alguien velándole el sueño.
Y es la única guardia que se gana el día en que ya no hace falta montarla.
A todos los que están en esa guardia: feliz día.