
Luis Brandoni murió el lunes 20 de abril a los 86 años, dos días después de su cumpleaños, a causa de un hematoma subdural provocado por una caída doméstica. Con él se va algo más que un primer actor: se va una figura que eligió habitar los dos mundos más incómodos de la Argentina —el arte y la política— sin pedir permiso y pagando el precio de esa decisión en cada etapa de su vida.

Su historia política no empieza con el cargo de diputado ni con la campaña junto a Ricardo Alfonsín. Empieza mucho antes, en los años setenta, cuando asumió la conducción de la Asociación Argentina de Actores y convirtió al gremio en una herramienta de disputa cultural. Esa militancia sindical le costó caro: en mayo de 1974 participó de una reunión con Perón en la Casa Rosada y pronunció unas palabras sobre cultura nacional que, arrancadas de contexto, serían usadas durante décadas para fabricar una imagen falsa de peronista o de funcional a la derecha. Nunca fue ninguna de las dos cosas.

El episodio con Alejandro Romay —quien llegó a acusarlo públicamente de haber tomado canales de televisión “a punta de pistola”— ilustra con precisión el mecanismo que persiguió a Brandoni toda su vida: la acusación inverosímil que igual deja marca. Aunque la versión era falsa y derivó en un juicio, las cámaras empresariales de la TV le hicieron la cruz durante años. Ya antes, la Triple A lo había amenazado de muerte acusándolo de izquierdista. Luego, la dictadura lo metió en listas negras. En 1976, él y su entonces esposa Marta Bianchi fueron secuestrados a la salida de una función, llevados a un centro clandestino y torturados durante horas antes de ser liberados.
La paradoja es que Brandoni nunca fue un hombre de izquierda. Su identificación con la Unión Cívica Radical se consolidó en 1982, cuando leyó La cuestión argentina de Raúl Alfonsín —en plena dictadura— y encontró ahí un horizonte político que lo representaba. Antes de que Alfonsín llegara al poder, Brandoni ya ofrecía su casa para reuniones clandestinas del radicalismo. Cuando ganó las elecciones, lo convocó como asesor cultural ad honorem. Fue una relación de lealtad que no era calculada: era de convicciones.
En 1997 dio el paso formal y fue electo diputado nacional por Buenos Aires, cargo que ejerció hasta 2001. Después intentó el Senado en 2005 —obtuvo apenas el 8% de los votos— y en 2007 acompañó a Ricardo Alfonsín como candidato a vicegobernador bonaerense.
En sus últimos años fue parlamentario del Mercosur por Juntos por el Cambio. El mismo mecanismo de malentendidos que lo había perseguido desde los setenta volvió a activarse: su oposición al kirchnerismo y su relación con Mauricio Macri —cuyo nombre llegó a circular como posible candidato a vice en 2019— le valieron el mote de “ultramacrista”. Era una etiqueta incorrecta. La única afiliación partidaria formal que tuvo siempre fue la UCR.
“Hice política durante muchos años de mi vida y no dejé de ser decente”, dijo en una entrevista. Era una reivindicación que sonaba casi anacrónica, y que por eso mismo lo definía mejor que cualquier cargo. Brandoni entendió la política como una extensión de sus convicciones, no como una plataforma. No siempre le salió bien. Tuvo frustraciones en cantidad, algunas elecciones perdidas y etapas en que su posicionamiento le redujo el trabajo actoral. Lo sabía y lo asumía.
Se va el último de una generación que creyó que era posible hacer las dos cosas: arte de verdad y política de verdad, sin que una le comiera a la otra. Le costó la persecución, el exilio, la marginación y el equívoco permanente. Lo hizo igual.