Publicado el 28 de julio de 2026
Empecemos por el final. Mauricio Macri recorre el país, deja correr que podría volver a ser candidato a presidente y no desmiente nada. Pero entre quienes lo tratan de cerca, la lectura apunta a otro lado, más terrenal: lo que quiere construir es un bloque de alrededor de 30 diputados propios. No del PRO como sello. Suyos. Que respondan a su lapicera y no a la mesa partidaria. Es una hipótesis —la planteamos en potencial—, pero si se confirma, ordena todo el tablero.
Porque bajo esa luz cada movimiento se explica. El “no hay apuro”, los ocho o diez puntos que no quiere resignar, la gira por el interior: nada de eso necesita una boleta presidencial. Todo sirve para darle cuerpo al macrismo antes de la discusión de listas y meter ahí a los propios. La candidatura a presidente no es el destino: es el precio que se pone caro para cerrar barato en bancas. La aritmética más vieja de la rosca.
El recambio es la prueba
La señal más clara de que piensa en tropa y no en trono es la camada que viene poniendo en vidriera: dirigentes jóvenes, con recorrido y con espalda de gestión o de banca. No es estética de renovación. Es la fábrica de los candidatos que va a necesitar el año que viene.
El caso que mejor lo pinta es Soledad Martínez, intendenta de Vicente López y vicepresidenta del PRO. Se lanzó de la mano de Jorge —arrancó en Jóvenes PRO y le armó los equipos— y hoy es Mauricio quien la pone a prueba en el impulso a la nueva línea. Ni de uno ni de otro del todo: esa ambigüedad no es la excepción, es la regla de un recambio que los primos se disputan pieza por pieza.
Y Martínez no es la única. Mauricio viene empujando a una tanda de dirigentes que quiere hacer brillar de cara a 2027: Martín Yeza, diputado y exintendente de Pinamar, que piensa el partido en clave de datos; Darío Nieto, su exsecretario privado hoy con banca porteña, que ya le marca la cancha al oficialismo libertario; Daiana Fernández Molero, economista que rechazó pasarse a La Libertad Avanza y se quedó en el PRO; y cuadros con base en la Ciudad como Francisco Quintana o Genoveva Ferrero. La renovación amarilla no es tierra de nadie: es tierra en disputa.
La cumbre del Ecoparque, leída al derecho
Con ese mapa, el encuentro de hoy se entiende distinto. Jorge y Mauricio se vieron en el Ecoparque, en una cita vendida como de gestión: desregulación, agenda administrativa, temas acordados de antemano. Del futuro de la Capital, en teoría, no se habló.
Pero el fondo no se tapa. Si Mauricio busca tropa propia en el Congreso, no le conviene delegarle a Jorge la negociación con los libertarios: el acuerdo porteño es apenas una ficha de un tablero donde se define cuántos lugares de la lista nacional quedan bajo su firma. Y acá, cuidado con la lectura fácil: no es que quiera entregar la Capital —retenerla es su prioridad innegociable—. Lo que no quiere es regalarle a Jorge la candidatura servida y perder el manejo de los tiempos y las condiciones. Lo que está en juego no es el distrito: es quién decide el nombre y bajo qué reglas.
Porque el candidato porteño tampoco está cerrado. En el macrismo ya circulan alternativas de la propia tropa del expresidente —suena Fernando De Andreis y, con más chances, Guillermo Dietrich—. Si el que encabeza en la Ciudad termina siendo un hombre de Mauricio y no el propio alcalde, la lógica del bloque propio se completa también en el distrito. Ahí se entiende por qué se toma su tiempo antes de bendecir a nadie.
La interna se disfraza de conflicto de parientes —en el Gabinete porteño la viven con la incomodidad de un hijo que ve discutir a los padres—, pero ya no pasa por los egos ni por la Capital en sí. Pasa por quién se queda con el rédito del acuerdo con los violetas. Jorge lo quiere para renovar; Mauricio, para levantar bloque.
Y hay una asimetría que lo explica: a Jorge los libertarios directamente no le contestan, porque no encuentran incentivo para pactar con él. La lapicera del acuerdo no la tiene el que gobierna la Ciudad, sino el que preside el partido y mide a nivel nacional. Los dos quieren entenderse con LLA, pero por caminos opuestos: Jorge, pragmático, no descartaría una fórmula compartida —suena Pilar Ramírez, del riñón de Karina Milei—, algo que ya anticipamos cuando se supo que el oficialismo había testeado una fórmula con Santilli para la Ciudad. Mauricio, en cambio, calcula que los libertarios solo se sientan en serio con él y que exigirán internas.
El contraste con la provincia es elocuente: ahí Cristian Ritondo avanza con Santilli y Sebastián Pareja para reeditar la alianza de 2025. Donde no está en juego el poder directo de los Macri, el armado fluye. En la Capital se atasca. No es casualidad: es donde está el activo. Y si el acuerdo se cae, el macrismo ya tiene planes B —una interna con la UCR, como en 2023—, mientras Jorge posterga la definición más pesada: unificar o desdoblar los comicios porteños.
El Ecoparque no fue una foto de reconciliación: fue una foto de convivencia obligada. Hablaron de gestión porque de política no podían hablar sin pelearse. Si Mauricio busca 30 diputados propios y el recambio que motoriza es el semillero de esas candidaturas, la interna Macri contra Macri es una sola pregunta: quién capitaliza el acuerdo con LLA. Jorge lo quiere para renovar su mandato; Mauricio, para levantar tropa. Uno mira la Ciudad; el otro, el país —y a los suyos dentro de él—. Jorge tiene el distrito; Mauricio tiene el partido, el teléfono que los libertarios sí atienden y un número fijo en la cabeza. Hasta que esa ecuación no se despeje, cada gesto de gestión será apenas una tregua. Lo demás se juega en la rosca. Ahí donde no se cuenta.