Milei quiere quedarse con el poder y por eso está dispuesto a romper todo

La reforma política no es para limpiar nada. Es para llegar a 2027 con todo acomodado para la reelección. Y en ese camino, el Gobierno está dispuesto a hacer política con los mismos que hasta ayer señalaba como parte de 'la casta

6 de julio de 2026

La reforma política no es para limpiar nada. Es para llegar a 2027 con todo acomodado para la reelección. Y en ese camino, el Gobierno está dispuesto a hacer política con los mismos que hasta ayer señalaba como parte de “la casta”.

No vengo a explicar un proyecto técnico ni a vender humo institucional. Vengo a contar lo que se ve, lo que se escucha y lo que se palpa cuando uno camina el Congreso y habla con gente que todos los días está en la rosca real, no en el discurso.

La reforma política que el Gobierno metió en el Senado no es una pieza aislada ni un gesto de transparencia. Es una jugada de poder. De las grandes. El paquete es amplio: eliminación de las PASO, Ficha Limpia, cambios en el financiamiento de campañas, recorte del rol del Estado en la competencia electoral y hasta la eliminación del debate presidencial obligatorio. Todo junto. Todo en el mismo combo. Todo bajo el mismo relato: eficiencia, ahorro y orden.

El problema no es lo que se dice. El problema es lo que se arma detrás. Porque Milei necesita algo que hoy no tiene: mayoría política. Y no la tiene ni en Diputados ni en el Senado. Entonces empieza la parte conocida de la política argentina: negociar con los mismos actores que durante meses fueron parte del enemigo discursivo.

Ahí aparece Diego Santilli, al frente de la Jefatura de Gabinete después de la reestructuración que absorbió el viejo Ministerio del Interior. No es un cargo administrativo. Es un cargo político puro. Santilli no llega a gestionar papeles. Llega a negociar con gobernadores, ordenar votos y construir lo que el Gobierno necesita para que el Congreso funcione a su favor.

Y esa tarea tiene un costo evidente: volver a sentarse con todos los que el propio oficialismo usó como símbolo de la “vieja política”. La tensión es clara. Cuanto más necesita negociar el Gobierno, más se estira la cuerda con el discurso original.

Y en paralelo, el poder interno también se mueve. La relación entre Javier Milei y Victoria Villarruel está rota hace tiempo. No es novedad. Se nota en los gestos, en las ausencias y en la política real del Senado.

En ese contexto, en los pasillos del Congreso se repite una versión que no es oficial pero tampoco es marginal: Santiago Caputo tendría los días contados como pieza central del esquema político del Presidente. No es algo que alguien vaya a admitir públicamente. Pero es un comentario que empieza a circular con insistencia en distintos ámbitos políticos.

Si ese escenario se confirmara, el impacto interno sería fuerte. Porque Caputo es uno de los arquitectos del esquema político del Gobierno y también uno de los factores que más tensan la relación con otros actores del propio oficialismo. Y ahí aparece otra derivación inevitable: cualquier reconfiguración interna reordena también el equilibrio con Villarruel, que mantiene un peso institucional propio en el Senado, más allá de la interna con la Casa Rosada.

La disputa entre Karina Milei y Santiago Caputo, además, es un capítulo aparte. Una tensión que viene creciendo hace tiempo y que ordena buena parte del funcionamiento real del poder.

Santilli entra en ese tablero para intentar ordenar lo que está desordenado. Pero no es neutral. Nadie lo es en ese contexto. Y Milei, en todo esto, juega su propia partida: la de llegar a 2027 con chances reales de reelección.

Esa es la verdadera discusión. No es Ficha Limpia. No es la eliminación de las PASO. No es el discurso de la transparencia. Es el poder. Y cómo se ordena para sostenerlo.

Si para eso hay que negociar con los mismos que se criticaron durante años, se negocia. Si para eso hay que rearmar el círculo interno, se rearma. Y si el costo es mover piezas sensibles dentro del propio esquema de poder, también se evalúa.

La política argentina tiene una lógica simple, aunque incómoda: el relato dura lo que dura la necesidad. Y esta vez, todo indica que la necesidad es llegar al 2027 con el tablero completamente acomodado.

Después, el resto es consecuencia.

Fernando López Analista político

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