5 de julio de 2026.

La carrera por la sucesión de Axel Kicillof en la gobernación bonaerense sumó esta semana un candidato con papeles fuertes y un problema no menor. Jorge Ferraresi presentó su renuncia a la intendencia de Avellaneda, distrito que gobernaba desde 2009, para salir a recorrer la provincia de Buenos Aires con un objetivo declarado: pelear la candidatura a gobernador en 2027. En su lugar quedó su esposa, Magdalena Sierra, hasta ahora jefa de Gabinete municipal.
El movimiento no es improvisado. Ferraresi viene caminando la provincia desde hace meses, pero según reconstruyó Letra P, a partir de mediados de año va a intensificar esos recorridos y empezará también a moverse a nivel nacional, con el objetivo de que el peronismo tenga “representantes en todas las provincias”. La lógica es la de siempre en estos armados: aprovechar la agenda de gestión para transformarla en agenda política antes de que arranque formalmente la carrera 2027.
La gestión como activo central
Si hay un consenso entre las fuentes consultadas por Letra P, es que el capital político de Ferraresi está en los números de Avellaneda. Fue electo intendente en 2011 con el 56% de los votos, se sobrepuso a la ola amarilla de 2015 con el 47% cuando el peronismo perdía distritos vecinos como Quilmes y Lanús, volvió a ganar en 2019 con el 60% y renovó mandato en 2023 con el 56%. Es, en el vocabulario de la interna bonaerense, un intendente “de gestión”, categoría que en el peronismo pesa tanto o más que el carisma televisivo.
Ferraresi integra además la mesa chica del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), el espacio que Kicillof viene armando en paralelo a la estructura tradicional del PJ, con piezas en distintas provincias que muchas veces no llevan el sello formal del MDF para no romper relaciones con sectores que en el Congreso negocian con la Libertad Avanza —una lógica de acumulación de poder que ya reconstruimos cuando Sergio Massa visitó a Kicillof en La Plata sin fotos ni agenda oficial. Su paso por el Ministerio de Hábitat durante el gobierno de Alberto Fernández le sumó, según fuentes de su entorno, un nivel de conocimiento nacional que otros intendentes bonaerenses no tienen.

El veto de la cámpora y la falta de carisma
El obstáculo más citado para una candidatura de Ferraresi no es de gestión: es político. El intendente mantuvo un enfrentamiento duro con La Cámpora, al punto de haber roto formalmente relaciones con el Instituto Patria en el pasado. Esa historia hace difícil imaginar que el kirchnerismo avale su nombre en una instancia de acuerdo cerrado, aunque no lo descarta como contendiente en una eventual interna competitiva vía PASO, donde los resultados terminan pesando más que los vetos de escritorio.
El segundo cuestionamiento es de estilo. Fuentes del propio gobierno bonaerense que lo conocen de cerca coinciden en que a Ferraresi “le falta simpatía” frente a las cámaras, aunque matizan que esa misma seriedad —la de alguien que gestiona antes que showea— puede jugar a favor en un electorado cansado del relato y hambriento de resultados concretos.
Una carrera que ya tiene varios corredores
Ferraresi no compite solo. En el peronismo bonaerense ya se anotaron, con perfiles distintos, la intendenta de Moreno Mariel Fernández —con el arrastre del Movimiento Evita como mochila— y el ministro de Infraestructura Gabriel Katopodis, con kilometraje político que va de Massa a Randazzo y de Alberto a Kicillof. Del otro lado del mapa, el propio Diego Santilli empieza a moverse para seducir a Karina Milei sin sacarse la camiseta del PRO, en un escenario donde la Casa Rosada negocia con gobernadores aliados la suspensión de las PASO 2027 a cambio de colectoras.
El tablero bonaerense, entonces, empieza a definirse mucho antes de lo habitual. Y Ferraresi, con su renuncia de este viernes, dejó una señal clara: no piensa esperar a que el peronismo se lo ordene desde arriba. Prefiere construirlo caminando.