YA FUERON LAS PRUDENCIAS, VILLARRUEL

La paciencia dejó de ser virtud y empezó a parecer rendición. Villarruel todavía conserva algo que en la política vale oro: diferenciación. Pero si no la convierte en poder, otro le va a escribir el final.

La política argentina es un boliche de mala muerte donde el que no baila termina pagando la cuenta. Y Victoria Villarruel hace rato que está sentada en la barra, mirando cómo los mozos le pasan cerca pero nunca le toman el pedido.

No es una metáfora. Es lo que está pasando.

En estos días, entre chats de amigos y lecturas de la realidad que no aparecen en portales obsecuentes, escuché una frase que define el momento mejor que cualquier encuesta: “Pocas veces nos mintieron tanto en una declaración, solo la supera el medano de Amado Boudou”. La dijo un tipo común, de esos que no militan ni cobran pauta, pero que huelen la podredumbre antes que los auditores. Hablaba de Adorni, ese vocero que pasó de anunciar bondades a justificar lo injusitificable, y que ahora está en el centro de la escena porque los medios oficialistas recibieron la orden de demolerlo. ¿La excusa que eligió para defenderse? Decir que ahorraba en criptomonedas. Justo él. Justo ahora. Justo cuando el Gobierno se salpica con la estafa de Libra y nadie puede explicar cómo personajes que hace cuatro años compraban un traje a crédito hoy manejan billeteras digitales dignas de un exchange suizo.

Pero Adorni es solo el chivo expiatorio de turno. El problema es más profundo, y VV lo sabe. O debería saberlo.

La vicepresidenta está atrapada en una paradoja que la vuelve funcional a quienes la van a degollar. Milei y su círculo de hierro ya la consideran una amenaza, no una socia. La toleran porque ocupa un lugar institucional, pero la ningunean cada vez que pueden. Karina teje con tipos que aparecen en las fotos y después desaparecen de los expedientes. El Jefe de Gabinete confiesa que no entiende términos jurídicos. Y mientras tanto, el oficialismo se desangra en internas que ya ni disimulan.

En ese contexto, esperar al Mundial es un suicidio político con vista al mar.

Lo hablamos en la intimidad de las conversaciones que no se filtran: “Macri llenó la 9 de Julio y aún así perdió. Todos cantábamos ‘por los pibes de Malvinas’ y ganó el que adoraba a Thatcher. A veces no entiendo”. No hay que entender. Hay que actuar. La historia argentina está llena de tipos y tipas que esperaron el momento perfecto y cuando quisieron acordar ya les habían armado la cama, o el cadáver político, que es más o menos lo mismo. “Ya se le acabó el crédito a este muchacho que pintaba como el gran candidato, lo voltearon como un pajarito”, decía otro mensaje. Hablaban de uno, pero bien podría ser la profecía de ella si no se despierta.

Villarruel tiene con quién. No está sola. Existe un peronismo no kirchnerista, hecho de gobernadores e intendentes que no soportan a Cristina pero tampoco compran el show libertario. Existen restos del PRO que no comulgan con Bullrich ni con Macri, y que buscan desesperadamente una marca nueva que no esté manchada. Existen radicales que extrañan la República y que se taparían la nariz ante cualquier aventura populista si encuentran un discurso de orden institucional. Con los K, jamás. Con Milei, imposible: apenas se mueva, el oficialismo la va a tratar de traidora y los medios adictos van a repetir el libreto. Con Macri, difícil: compiten por el mismo voto y el ingeniero no es de compartir poder. Pero con los demás, los que quedan huérfanos de conducción en un país partido en dos extremos que ya no representan a la mayoría, la cosa cambia.

Lo que VV tiene, y no debe dilapidar, es la diferenciación. El gesto de no haberse subido al “régimen”, como dicen los chats. La épica de Malvinas. La defensa de las instituciones frente a un Gobierno que las maltrata y de una oposición que las vació. Ese capital es suyo, pero tiene fecha de vencimiento. Si se duerme, otro lo va a ocupar. Y no será Macri, que juega su propia partida. Será algún peronista reciclado que hable de orden y paz mientras le entrega el país a los mismos de siempre.

En la calle ya lo están diciendo: “están mostrando las uñas y los dientes, no los subestimemos, son muy cararrota”. Hablan del kirchnerismo, pero la frase aplica a todo el arco político, incluyendo al mileísmo que aprendió rápido las mañas de la casta que decía combatir. La única forma de no ser devorado es convertirse en un problema real, no en una disidencia decorativa. Romper. Pararse enfrente. Decir “hasta acá llegué, voy por otro camino”.

En la jerga política, “salir a jugar” significa tomar la decisión fría de construir un vehículo propio, poner el cuerpo, armar listas, bancarse los palos. Significa entender que la lealtad no paga, que la paciencia es un lujo y que la historia solo se escribe cuando alguien se anima a mover el tablero. Villarruel tiene hoy más para ganar jugando en serio y diferenciándose que quedándose como vice de un proyecto que la usa de cáscara institucional. Lo que no tiene es tiempo. El 2027 se ordena mucho antes de que termine el Mundial, y los candidatos no surgen de la nada: se construyen. Si ella no empieza ahora, va a llegar tarde a su propio funeral político. Y eso, en un país donde se perdona todo menos la traición a las propias banderas, no se lo van a olvidar.

Nadie le pide que sea perfecta. Solo que no sea cómplice de su propia aniquilación. La tortuga no puede seguir escondida: tiene que empezar a caminar en serio. O, mejor dicho, tiene que sacar la cabeza del caparazón y morder. Porque en este boliche de mala muerte, si no bailás, pagás. Y a veces la cuenta viene en especies que no figuran en ningún blanqueo.

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