La Unión Industrial Argentina llegó a la 114ª Conferencia Internacional del Trabajo con un discurso armado en dos capas. La primera, hacia afuera: respaldo explícito a la reforma laboral de Javier Milei. La segunda, hacia el Gobierno: una lista de reclamos que deja en claro que el apoyo empresario no es incondicional.

Martín Rappallini, presidente de la UIA, habló ante el plenario de la OIT en Ginebra y arrancó con un diagnóstico que no deja margen para el optimismo fácil.

Tarjeta con tres datos (7,5%, 43% y 15 años) y la frase 'La estabilidad económica, por sí sola, no alcanza'
Tarjeta con la agenda de reclamos al Gobierno: reforma impositiva, crédito productivo, formación de trabajadores y educación

El mismo foro donde la UIA defendió la reforma fue el escenario donde la CGT, la CTA de los Trabajadores y la CTA Autónoma presentaron una denuncia formal contra el Gobierno. El cosecretario general de la central obrera, Jorge Sola, fue directo:

Tarjeta con dos citas de dirigentes sobre la estabilidad económica y el rol de la producción

Dos oradores, el mismo escenario, la misma palabra — tripartismo — y dos lecturas diametralmente opuestas. La paradoja no es menor: la Ley 27.802 pretendió reducir la conflictividad laboral. El resultado, por ahora, es exactamente el opuesto: la reforma tiene una cautelar judicial vigente que suspende artículos centrales, y la disputa llegó hasta Ginebra.

La UIA sale del viaje habiendo cumplido su rol de aliada del oficialismo en el plano discursivo. Pero los reclamos que dejó instalados en la OIT — reforma impositiva, crédito, diálogo — son exactamente las deudas que el Gobierno de Milei aún no saldó con el sector industrial. El apoyo empresario, queda claro, tiene precio. Y Rappallini lo cobró en Ginebra.

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