Viernes 5 de junio de 2026
Argentina amaneció este viernes de luto. Carlos Alberto Solari, conocido en todo el mundo como el Indio Solari, murió a los 77 años rodeado de su familia en su hogar del barrio porteño de Parque Leloir. La noticia sacudió al país pocas horas después del amanecer y se extendió como un incendio por las redes sociales, donde miles de seguidores comenzaron a despedirse del hombre que durante décadas les habló al oído con sus letras crípticas, poéticas y viscerales.
Nacido en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949, Solari encontró su destino en La Plata, donde en 1976 fundó junto a Skay Beilinson la banda que lo volvería inmortal: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Los Redondos no fueron solo una banda: fueron un movimiento, una tribu, una religión laica del subsuelo argentino que creció en los márgenes del sistema y terminó llenando estadios con más de 400.000 personas —como ocurrió en el histórico y trágico recital de Olavarría en 2017, el último concierto masivo del artista.
Tras la disolución de los Redondos en 2001, el Indio continuó su carrera solista con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, publicando álbumes que mantuvieron intacto su poder poético. Pero los años siguientes trajeron también la enfermedad: en 2017 confesó públicamente que padecía el mal de Parkinson, condición que fue deteriorando su salud progresivamente hasta que, en 2023, anunció su retiro definitivo de los escenarios.
En febrero de este año, una breve internación en el Sanatorio Otamendi renovó las preocupaciones de sus fans, aunque su entorno descartó en ese momento que hubiera sufrido complicaciones graves. Este viernes no hubo forma de desmentir la noticia.
Músico, escritor, dibujante y pensador inclasificable, el Indio Solari deja un legado que trasciende la música: dejó un lenguaje propio, una forma de ver el mundo desde los márgenes, y una comunidad —los “ricoteros”— que lo quiso con una devoción sin parangón en la historia del rock latinoamericano. No hay reemplazante. No lo habrá.