Marra, Mondino, Francos… ¿ahora el Gordo Dan?

En La Libertad Avanza, los fieles no siempre ascienden: a veces ganan y después estorban.

En el mileísmo hay un patrón que no se explica del todo por la lealtad ni por la traición: los que crecen demasiado, se van. La pelea entre la diputada Lilia Lemoine y Daniel “Gordo Dan” Parisini, la figura más visible de Las Fuerzas del Cielo, volvió a poner esa lógica sobre la mesa.

No fue un berrinche de Twitter. Estalló después de que la Justicia citara a indagatoria a tuiteros libertarios por una denuncia de Sebastián Pareja, armador bonaerense de Karina Milei. Lemoine salió a respaldar a Pareja, Parisini la cruzó, y una interna que venía contenida volvió a quedar a cielo abierto. Lo que se vio no fue un choque de egos: fue el rebrote visible de la pelea de fondo entre el esquema Karina Milei–Pareja–Menem y el universo de Las Fuerzas del Cielo, referenciado en Santiago Caputo.

Ahí aparece el verdadero ángulo. En La Libertad Avanza, el problema no siempre es la deslealtad. Muchas veces, el problema es tener peso propio dentro del dispositivo.

Diana Mondino fue expulsada de la Cancillería el 30 de octubre de 2024, tras el voto argentino en la ONU sobre Cuba. Ramiro Marra fue echado “de manera irreversible” de LLA el 29 de enero de 2025 por no acatar los lineamientos partidarios y votar a favor de un aumento de impuestos en la Ciudad. Guillermo Francos renunció a la Jefatura de Gabinete el 31 de octubre de 2025 y fue reemplazado por Manuel Adorni, en una señal de endurecimiento del núcleo de conducción.

Cada caso tiene su causa próxima. Mondino desobedeció la línea en un voto sensible; Marra votó una suba de impuestos que para LLA es casi herejía doctrinaria; Francos se había desgastado en la negociación permanente con gobernadores. Nada de eso es falso. Pero si uno mira el denominador común, no es la infracción puntual: es el tamaño. Mondino no era una improvisada: tenía volumen internacional y estilo propio. Marra no era un cuadro más: era una de las caras originarias del mileísmo porteño. Francos no era solo un funcionario: era el traductor político del Gobierno ante gobernadores, Congreso y poder real. Los tres habían dejado de ser engranajes para volverse figuras.

El Gordo Dan, aunque no tenga cargo formal, tiene algo que en este tiempo vale casi tanto como una estructura: comunidad, relato y capacidad de marcar clima. Su caso todavía no es destierro consumado —y conviene decirlo, porque estamos ante una hipótesis, no ante una predicción—, pero la discusión ya cambió de nivel. Si un militante digital central del ecosistema libertario termina peleándose en público con una diputada del riñón mileísta por la defensa de Pareja, la pregunta ya no es solo quién manda. La pregunta es qué margen tiene cada tribu para existir sin ser podada.

Cuando un oficialismo empieza a recortar a quienes le aportaron peso, lo que está diciendo hacia adentro no es “se premia la lealtad”. Está diciendo “nadie puede crecer demasiado cerca del jefe”. Es lectura política, no dato duro. Pero encaja demasiado bien con la secuencia.

El mileísmo construyó poder prometiendo dinamitar a la casta. Puertas adentro, empieza a mostrar otra cosa: una máquina que usa figuras intensas, las exprime, y cuando adquieren gravitación propia las corre, las disciplina o las deja flotando en la intemperie. No siempre los fieles terminan premiados. A veces terminan archivados.

En La Libertad Avanza, la fidelidad parece tener fecha de vencimiento.

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