
La Confederación General del Trabajo definió movilizar a Plaza de Mayo el 30 de abril bajo una consigna explícita: el aumento del “malestar social”. Pero lo que se jugó en el Salón Ubaldini fue otra cosa. Cuatro horas de reunión, una treintena de dirigentes y una foto que ordena el poder real: el triunvirato operativo que encabezó el encuentro —Jorge Sola, Cristian Jerónimo y Octavio Argüello— con pesos pesados sentados en la mesa: Andrés Rodríguez, Gerardo Martínez, José Luis Lingeri, Héctor Daer, Sergio Romero, Maia Volcovinsky y Juan Carlos Schmid. Liturgia sindical clásica, pero con una diferencia: esta vez no se ordenan para avanzar, sino para resistir.
La pelea central es la reforma laboral. Pero con el Congreso perdido, la CGT trasladó la guerra a Tribunales. El fallo del juez Raúl Horacio Ojeda que suspendió 82 artículos dejó en claro que lo que está en juego no es ideología, es caja. Fondo de cese, indemnizaciones sin aguinaldo, pagos en cuotas, banco de horas, vacaciones fragmentadas: cada punto redefine quién se queda con la plata. Trabajadores, empresas o sindicatos. En paralelo, el sistema cruje por otro lado: el transporte en crisis. Suba de combustibles cercana al 25%, subsidios desordenados y una caída de hasta 30% en la frecuencia de colectivos en el AMBA. La Unión Tranviarios Automotor, con más de 300 líneas y relación tensa con Azopardo, ya denunció incumplimientos salariales. Un incendio que la CGT necesita apagar antes del 30.
En dos años se perdieron más de 190 mil empleos privados y casi 80 mil públicos, con una industria operando al 53,8%. La ecuación es brutal: sin industria no hay afiliados, sin afiliados no hay cuotas, sin cuotas no hay poder. De ahí que necesite nuevas banderas y nuevos aliados. La confluencia con la Iglesia no es devoción: es política de supervivencia. Una central que perdió músculo en el sector privado busca legitimidad social en otra institución con llegada territorial.
En ese contexto, la central conoce cuándo un gobierno está lastimado: con una inflación que no termina de ceder y ruido político alrededor de Manuel Adorni, la CGT empieza a subir el tono. La CGT sabe cómo debilitar un gobierno, pero más sabe medir el clima de época.