
En CABA hay temas que no necesitan expediente para explotar. Alcanzan un PDF, un par de capturas y varios grupos prendidos fuego. Eso pasó con el borrador que empezó a girar en las últimas horas entre comuneros, armadores, asesores y dirigentes de todos los colores. El texto propone cambiar el artículo 25 de la Ley 1777 para que el presidente y los demás miembros de las Juntas Comunales pasen a desempeñar sus funciones con carácter AD HONOREM desde el próximo mandato. El documento existe y ya corre por la rosca porteña.
¿Por qué detonó tan rápido? Porque no toca una oficina menor. Toca una estructura política completa: la Ciudad tiene 15 comunas, cada una con una Junta Comunal de 7 miembros, elegidos por voto popular por 4 años. En total, son 105 cargos. Y no deberían ser decorativos: la ley les da funciones sobre gestión, presupuesto, patrimonio, actos administrativos y participación vecinal. En el papel, son la democracia de cercanía. En la política real, también son territorio, presencia y caja de construcción, algunos los llaman Becados VIP.
Después viene la parte que nadie dice en voz alta pero todos miran de reojo: la plata. Hoy la ley establece que cada comunero cobra el equivalente al 60% del ingreso bruto total remuneratorio de un diputado porteño, y que el presidente suma un 10% adicional sobre esa base. Como referencia pública, un legislador porteño tenía en 2025 un ingreso neto de alrededor de $5,6 millones mensuales. Si se usa ese dato solo como parámetro orientativo —porque la ley comunal está atada al bruto, no al neto— un comunero ronda hoy algo así como $3,36 millones por mes y un presidente comunal cerca de $3,7 millones. La cuenta gruesa impresiona: los 105 cargos se mueven en una órbita de unos $358 millones por mes y más de $4.300 millones al año, en valores aproximados.
Pero lo que hizo ruido no fue solo el número. Fue el mapa político que toca. Porque las comunas no son solamente gestión de cercanía: también son premio, cantera, equilibrio interno y trinchera barrial. Ahí tienen gente el PRO, la UCR, el peronismo y también los libertarios. Todos tienen algo para perder o ganar en ese tablero. Por eso el borrador cayó mal en todos lados: toca una de las pocas capas donde todavía se mezcla militancia, representación y caja territorial en serio.
En el caso libertario, el tema pegó incluso más fuerte. Hace tiempo que en el universo mileísta porteño vienen apareciendo los llamados “referentes comunales”: militantes, armadores de barrio, administradores de grupos de WhatsApp, organizadores de mesas, caminatas y actividades en cada comuna. La apuesta es clara: crecer de la Comuna 1 a la 15 y llegar a 2027 con más volumen territorial, más candidatos y más lugares para disputar. En ese esquema, los cargos comunales son vistos por muchos como una mezcla de plataforma, premio y puerta de entrada al Estado. En criollo: una de las “becas” más codiciadas de la política barrial.
Y ahí está la bomba. Porque si esos cargos pasan a ser ad honorem, la discusión cambia por completo. Ya no se trata solo de cuánto ahorra la Ciudad. Se trata de quién puede jugar. Porque una cosa es militar el barrio con expectativa de proyección institucional; otra muy distinta es hacerlo para un cargo con firma, exposición y responsabilidad, pero sin cobrar un peso. Ahí la cancha se achica sola. Y cuando la cancha se achica, no siempre quedan los mejores: muchas veces quedan los que pueden bancarse el lujo.
El borrador, además, tiene un efecto político más profundo: pone en discusión el verdadero valor de las comunas. Si son tan importantes como para administrar territorio y canalizar la vida barrial, cuesta explicar por qué sus autoridades deberían ser gratuitas. Y si en cambio son apenas una escala menor, también queda flotando otra pregunta: entonces, ¿para qué sostener una estructura de 15 comunas, 105 cargos, consejos, oficinas y liturgia institucional? El proyecto quiso vender austeridad. Lo que terminó mostrando es una incomodidad vieja de la Ciudad con su propia descentralización.
La rosca lo entendió enseguida. Por eso no hubo que esperar una conferencia ni una sesión para que empezara el temblor. El solo hecho de que el texto circulara ya generó ruido en todos los espacios. Porque en un año donde todos arman, rearman y cuentan bancas futuras, tocar las comunas es tocar una capa sensible del poder real. No el poder que sale en televisión. El otro: el que reparte presencia, fiscalización, territorio y futuro.
Las comunas nacieron para acercar el poder al vecino. Con los años también se convirtieron en una red de cargos, referencias y supervivencia política. Por eso este borrador no cayó como una idea técnica ni como un gesto republicano. Cayó como una amenaza concreta sobre una de las pocas cajas territoriales que todos, de un lado o del otro, quieren ocupar en 2027.