
Como si fuera un ensayo sobre la “distinción” de Bourdieu, Lio Messi elige la foto que lo aleja del barro y lo acerca al privilegio. En esa transferencia de sentido, el vacío de representación política que deja el capitán en el sur del continente es llenado, una vez más, por la presencia espectral pero omnipresente de Diego Maradona.
En la política, como en el área, el posicionamiento lo es todo. Durante años, el sistema intentó vendernos la idea de un Lio Messi “apolítico”, una figura global cuya única bandera era la pelota. Sin embargo, como bien sabemos quienes caminamos la doctrina y la academia, la neutralidad no existe es, en sí misma, una toma de posición per se.
La reciente imagen de Lionel Messi junto a Donald Trump, en un contexto de altísima sensibilidad geopolítica y con el fantasma de un conflicto bélico con Irán sobrevolando la agenda, no es un mero compromiso de agenda de la MLS (Mayor Ligue Soccer). Es un evento político que impacta de lleno en el corazón del sentimiento popular argentino y, por carácter transitivo, reubica a Diego Maradona en su altar más sagrado.
La diplomacia del sistema vs. la soberanía del barro
Messi es, quizás, el producto más perfecto de la diplomacia corporativa del siglo XXI. Se mueve en los salones del poder global con la misma naturalidad con la que elude rivales. Pero esa misma “profesionalidad” es la que lo lleva a cometer un error de apreciación política posar junto a la figura que representa el ala más dura del imperialismo contemporáneo en un momento de máxima tensión internacional.
Para quienes entendemos la identidad como una herramienta de pertenencia y no como dice el tango de Julio Sosa: ¨De andar de rodillas pa´ cuidar los zapatos¨, la foto de ayer es un crujido profundo en el alma de los hoy no representados políticamente por una figura nueva o fresca y esto nos hace imposible no trazar el paralelo del Diego de la gente el que se puso la remera de “Stop Bush” en Mar del Plata, el que abrazó a Fidel y a Chávez, el que entendía que su cuerpo era una trinchera contra los poderosos V.S. el Leo de la franquicia el que, por omisión o por “burbuja profesional”, termina siendo parte de la escenografía de campaña de un líder que desprecia gran parte de los valores que el sur global defiende.
La ingratitud del “aséptico“
El análisis no se agota en la geopolítica de Washington; cala hondo en las miserias de la política doméstica. Resulta, cuanto menos, sintomático que el mismo capitán que hoy posa dócil frente a la cámara de Trump, haya sido el artífice de una distancia gélida con la conducción de la AFA.
A Claudio “Chiqui” Tapia, el hombre que fogoneó y bancó el proyecto de la “Scaloneta” cuando el establishment mediático y los sectores del poder real pedían cabezas, no se le concedió ni la mitad de la pleitesía que Messi le entrega hoy al líder republicano. En medio de una andanada de “carpetazos” judiciales y mediáticos contra la conducción del fútbol argentino, el silencio de Messi no es neutralidad: es desprotección hacia quien le dio la estructura para ser campeón del mundo.
Esa misma orfandad se siente en el césped. En un contexto donde el fútbol argentino debate su destino y se enfrenta a la tensión de los paros y las luchas de poder por los derechos de transmisión del deporte más culturalizado del mundo, el capitán global no se pronuncia. Ni a favor, ni en contra. Para Messi, parece que el conflicto social es un ruido molesto que se apaga con el aire acondicionado de Miami. Y aquí vuelve a aparecer el DIEGO como el refugio de lo indomable, esta actitud termina de canonizar a Maradona en el Panteón del Pueblo. Porque Diego no solo jugaba: Diego ponía el cuerpo en la AFA, en los medios y en la calle. Mientras uno elige la foto del privilegio en el Norte, el otro —incluso desde el bronce— sigue siendo el único que no dejó a pie a los suyos cuando las papas quemaban en el Sur.
En este tablero de ajedrez geopolítico, la foto con Trump es un peón que Messi entrega, quizás sin saberlo. Y en el banco de suplentes de la historia, el Diego se ríe, sabiendo que para ser el más grande de todos los tiempos, no basta con la zurda; también hace falta tener el corazón plantado en la vereda correcta.
Por: Lic. Rafael Pérez Muñoz.