
La decisión de Club Atlético River Plate de retirarse de las reuniones del Comité Ejecutivo de la Asociación del Fútbol Argentino no es solo un reclamo administrativo: es un movimiento político dentro del fútbol argentino. El club cuestionó públicamente los “procedimientos poco claros” con los que se toman decisiones en la AFA y dejó vacía su silla en la mesa donde se define el poder del fútbol.
En la lectura política de la rosca dirigencial, el gesto tiene un trasfondo más amplio. River aparece alineado con el clima político que impulsa el gobierno de Javier Milei: instituciones más transparentes, reglas claras y cuestionamiento a estructuras cerradas de poder. En ese marco, el conflicto con Claudio Tapia trasciende lo deportivo y se convierte en una señal política.
La disputa también tiene eco en la interna bonaerense. El posicionamiento de River se lee cerca del sector del PRO que representa Diego Santilli, crítico del armado territorial de Tapia y de su influencia en el fútbol. Del otro lado aparece el eje Boca-AFA: Club Atlético Boca Juniors, bajo la conducción de Juan Román Riquelme, mantiene una relación mucho más cercana con la estructura que hoy domina la AFA.
Así, la grieta del fútbol empieza a parecerse a la política nacional: River se planta contra el modelo de poder de Tapia y abre un nuevo frente en la disputa por quién conduce el fútbol argentino.