
Martes 4 de agosto de 2026.
Hay una regla no escrita en la política bonaerense: cuando Joaquín de la Torre hace silencio, conviene prestar más atención, no menos. El Monje Negro nunca fue de anunciar sus jugadas. Las prepara en voz baja, deja que el resto ocupe la escena y aparece recién cuando el tablero ya se movió. Por eso su presente —sin banca, sin cargo, sin declaraciones rimbombantes— no es una retirada: es una posición de espera.
El mote lo acompaña desde su etapa dorada como ministro de Gobierno de María Eugenia Vidal, cuando era el hombre del trabajo territorial fino, el que ordenaba los distritos difíciles y resolvía lo que otros no sabían ni por dónde agarrar. Antes había construido una biografía que pocos exhiben: peronismo de origen, asesor de Felipe Solá, tres veces electo intendente de San Miguel, socio fundador del massismo. Cada estación le dejó lo mismo: oficio, contactos y una lectura del poder que se afina con los años. De la Torre no sigue corrientes. Las anticipa.
El repliegue calculado
Su capítulo más reciente empezó con una decisión que muchos leyeron mal. En abril de 2025 rompió con La Libertad Avanza en la Legislatura y refundó su propio monobloque, “Derecha Popular”. Y cuando llegó el momento de renovar su banca, hizo lo que casi nadie se anima: no la renovó. En lugar de mendigar un lugar en una lista ajena o diluirse en un armado de centro que no terminaba de cuajar, eligió el camino más suyo. Volvió a la base. Volvió a San Miguel.
La lectura apresurada dijo “se apagó”. La lectura de rosca dice otra cosa: se guardó. Un dirigente sin cargo pero con territorio propio no es un jubilado, es un jugador que espera su turno con las cartas tapadas.
El bastión
Porque ahí está la carta que De la Torre nunca soltó: San Miguel. Su hombre, el intendente Jaime Méndez —que lo tiene como conductor político desde hace más de una década— mide entre los jefes comunales con mejor imagen de todo el Gran Buenos Aires. Traducido: el Monje Negro no controla una banca solitaria, controla un municipio con gestión, aparato y un intendente instalado. En un año donde la pelea por la reelección de los intendentes desvela al peronismo bonaerense, tener un distrito ordenado y propio vale más que cualquier banca sin territorio detrás.
Es la misma lógica de acumulación silenciosa que, a otra escala, practica Mauricio Macri cuando arma tropa para negociar desde la fuerza: no importa el cargo del momento, importa qué se pone sobre el mostrador cuando llega la hora de repartir. Y De la Torre siempre supo llegar a esa mesa con algo en la mano.
El que lee el mapa
Tampoco perdió el olfato. En agosto del año pasado, con un pie ya afuera del Senado, se permitió un pronóstico fino sobre cómo se repartirían las secciones bonaerenses en las urnas. No fue bravuconada: fue el gesto del que conoce las tripas del conurbano mejor que muchos de los que hoy manejan los aparatos. El Monje Negro puede estar en silencio, pero nunca deja de contar votos.
El enigma 2027
¿Y ahora qué? Ahí empieza lo que nadie termina de descifrar. Nadie en la provincia se anima a asegurar cuál será su próximo movimiento. Se lo intuye tejiendo vínculos con intendentes de distintos colores, sosteniendo su estructura, moviéndose con la comodidad del que no tiene apuro. En un tablero donde hasta Milei depende de los dos expresidentes para ordenar 2027, un armador con fortín propio, sin ataduras y con oficio de sobra es exactamente el tipo de pieza que todos van a necesitar.
De la Torre no está afuera del juego. Está donde más cómodo se siente: en las sombras, midiendo cada movimiento, esperando su momento. Y el Monje Negro nunca fue de rezar en voz alta. Reza cuando ya tiene el trato cerrado.