América Latina experimenta un giro ideológico sustancial que está reconfigurando su mapa geopolítico. Con la reciente proclamación de Keiko Fujimori en Perú, tras 26 días de un exhaustivo escrutinio, y la estrecha victoria de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda en Colombia, el tablero regional contabiliza ya 13 mandatarios de derecha elegidos en los últimos tres años. El subcontinente ha transitado de una hegemonía de gobiernos progresistas a una marcada “ola azul”. No obstante, el análisis politológico advierte que no se trata de un simple retorno del conservadurismo tradicional, sino de la consolidación de una derecha radical encabezada, en gran medida, por figuras catalogadas como outsiders del establishment político.
El rasgo más sintomático de esta reconfiguración es la erradicación de las normas básicas de civilidad en el debate público. La evidencia empírica de los recientes procesos electorales demuestra que en la región ha desaparecido el espacio para el centro político, para la moderación dialogante y para la política decente. Las contiendas electorales han mutado hacia plataformas de hiperpolarización y festivales de agresividad, donde la transgresión sistemática opera como la principal credencial de autenticidad frente al electorado. La irrupción de liderazgos libertarios con motosierras como símbolos antisistema o la adopción de gestos militares exhiben un claro desdén por la institucionalidad tradicional.
A nivel discursivo, se constata la instauración de una dinámica populista basada en un antagonismo radical. El debate programático entre adversarios legítimos ha sido sustituido por una declaración de guerra simbólica que divide a la sociedad entre el “pueblo verdadero” y sus enemigos. En el caso colombiano, la retórica del candidato triunfador apeló a la dicotomía de “los nunca” contra “los de siempre”, estableciendo como objetivo explícito no solo la victoria en las urnas, sino la voluntad de “destripar” a la izquierda. Estas propuestas convergen en un marcado personalismo político —con caudillos fundando partidos a su medida— y en un fuerte voluntarismo que promete “patrias milagro” a través de estrategias punitivas extremas, tales como la réplica del modelo salvadoreño de megacárceles.
Para comprender la viabilidad de este fenómeno, es imperativo analizar el comportamiento del votante. Los datos señalan que esta ola de derecha no obedece a un realineamiento ideológico profundo de la ciudadanía, sino a un voto retrospectivo y de castigo (sentimiento anti-incumbente). El electorado, caracterizado por una alta volatilidad, responde a un malestar estructural derivado del estancamiento económico, la corrupción y, primordialmente, una profunda crisis de seguridad. Esta demanda punitiva se legitima a nivel transnacional gracias al “factor Trump” y a redes de cooperación regional que promueven iniciativas como el “Escudo de las Américas”, enfocado en combatir el crimen organizado.
Ante la degradación del debate institucional, surge un cuestionamiento central: ¿cuántos de los ciudadanos que observan estas aberraciones retóricas y procedimentales están dispuestos a sostener este camino electoral, considerando que la oposición en toda América Latina atraviesa por severas complicaciones internas?
La respuesta requiere examinar el extravío estratégico de la izquierda regional. Por un lado, los partidos progresistas han sufrido una desconexión de las demandas materiales urgentes (vivienda, salud, empleo, crecimiento económico) para priorizar agendas identitarias y posmateriales (etnia, género), alejándose de las preocupaciones transversales de las mayorías. Por otro lado, su persistente ambigüedad y condescendencia frente a la criminalidad —ejemplificada en el fracaso de la “paz total” en Colombia o la indulgencia frente al vandalismo durante el estallido social en Chile— han alienado a un electorado que clama por el restablecimiento del orden.
El electorado contemporáneo no se moviliza bajo estrictas coordenadas de izquierda o derecha, sino que busca soluciones específicas a problemas de política pública. Si la oposición no logra articular una propuesta material y de seguridad creíble, y si los actuales oficialísimos radicales no logran materializar sus promesas en gestiones eficientes, la misma volatilidad que engendró este escenario antisistema terminará por desestabilizar la precaria gobernabilidad democrática de la región.
Lic. Rafael Perez Muñoz
Excelente análisis
Y el peronismo ?