Axel Kicillof empezó a poblar su gabinete y su esquema político con intendentes y dirigentes que hasta hace poco orbitaban en zonas incómodas del peronismo. Ariel Sujarchuk fue el movimiento más visible. El intendente de Escobar desembarcó en el nuevo Consejo Provincial de Economía del Conocimiento. Pero alrededor aparecen otros nombres: Alberto Descalzo, Mariano Cascallares, Andrés Watson, Federico Otermín y varios jefes comunales que observan con atención cómo el gobernador empieza a construir una mesa propia.





Kicillof entendió que el kirchnerismo tradicional ya no garantiza por sí solo volumen político suficiente para enfrentar a Javier Milei ni para ordenar la interna bonaerense. Entonces empezó a abrir lugares, organismos, mesas y espacios de decisión para contener a intendentes que hace tiempo reclaman más participación y menos verticalismo camporista.
El problema es que la política argentina ya mostró varias veces los límites de esa ingeniería de acumulación.
Horacio Rodríguez Larreta hizo exactamente eso. Construyó un dispositivo enorme basado en sumar dirigentes de distintos orígenes: radicales, peronistas, liberales moderados, armadores territoriales, sindicalistas dialoguistas y dirigentes sin identidad común. Durante un tiempo, el volumen impresionó. Parecía la estructura inevitable del poder.
Pero la acumulación no logró transformarse en liderazgo.
Cuando apareció la pelea real por la conducción de Juntos por el Cambio, buena parte de esos dirigentes migraron hacia donde detectaron mayor autoridad política, más identidad o más capacidad de representar una época. Patricia Bullrich primero. Javier Milei después.
En el poder hay una diferencia decisiva entre construir estructura y construir conducción.
Los cargos políticos sirven para ordenar una interna, bajar tensiones o garantizar lealtades temporales. Pero rara vez generan pertenencia duradera. El dirigente que llega únicamente por un acuerdo táctico suele irse del mismo modo: rápido y sin costos emocionales.
Eso explica también muchas experiencias fallidas del peronismo reciente. Los espacios cedidos a figuras sin raíz orgánica o con identidad prestada casi nunca fortalecieron al proyecto original. El kirchnerismo lo vio con dirigentes que utilizaron las listas como plataforma personal y después construyeron autonomía propia.
Por eso, detrás de la expansión de Kicillof aparece una pregunta incómoda que empieza a circular en el peronismo bonaerense: si el gobernador está construyendo una fuerza propia o simplemente administrando una federación de dirigentes enfrentados con La Cámpora y con Milei.
No es lo mismo.