Cada vez que Mauricio Macri y Javier Milei necesitan reordenar la relación, aparece la misma escena informal: una mesa, algo de vino y milanesas de por medio. Pasó antes de 2023, cuando el PRO le abrió la puerta electoral al libertario. Pasó después, en Olivos, cuando ambos necesitaban mostrar que el vínculo seguía vivo. Y ahora, con Karina Milei retomando el contacto telefónico con el expresidente después de meses de silencio, la pregunta vuelve a instalarse en la city porteña: ¿hay una nueva cena en el horizonte, o esta vez el gesto se queda en lo protocolar?
Lo que efectivamente pasó esta semana
El deshielo no arrancó entre los protagonistas de siempre. Fue Karina Milei quien llamó a Macri, en una charla de unos 25 minutos que destrabó meses de un vínculo prácticamente congelado. De ahí surgió un primer encuentro formal en Casa Rosada: por el PRO fueron Cristian Ritondo y Fernando de Andreis; por el Gobierno, Diego Santilli y los primos Martín y Eduardo “Lule” Menem. La reunión, según trascendió, duró casi dos horas y se habló —al menos oficialmente— de agenda legislativa.
Detrás de esa agenda hay algo más grande: la posibilidad de una mesa política conjunta que ordene la relación de cara a 2027. Nadie en ninguno de los dos espacios habla todavía de una alianza cerrada. Se habla de “un primer paso para construir confianza”.
Por qué ahora y no antes
El cambio de clima tiene una explicación que no pasa por la simpatía personal entre Macri y Milei —que, de hecho, sigue sin existir—. Pasa por el calendario. A poco más de un año de las presidenciales, en la Casa Rosada empezaron a mirar con otros ojos al PRO: ya no es solo una estructura de la que se le pueden seguir robando dirigentes y votantes, sino una fuerza que, si decide competir por separado, puede restarle exactamente los votos que Milei necesita para reelegir.
Del otro lado, el cálculo también cambió. En 2023 era Milei quien llegaba necesitado de estructura y de un padrino político. Hoy la relación de fuerzas se invirtió: el libertario conduce el espacio dominante de la derecha y es el PRO el que pelea por no diluirse, entre un bloque propio de diputados que arma Macri y el lanzamiento de Hernán Lacunza como opción presidencial “de corte liberal, pero con otra jerarquía institucional”.
Las preguntas que quedan abiertas
Ahí es donde el optimismo del deshielo choca con la genética de esta relación, que ya lleva varios ciclos de acercamiento y ruptura. Y son preguntas que, hoy, nadie puede responder con certeza:
- ¿Qué pasa con Lacunza? Si el PRO negocia una alianza, ¿el ex ministro de Hacienda baja su candidatura o la sostiene igual, aun a riesgo de competir contra su propio partido?
- ¿Qué lugar le queda a Macri? El expresidente ya cedió a buena parte de su plana mayor —empezando por Santilli, hoy jefe de Gabinete y candidato libertario en territorio bonaerense—. ¿Negocia desde una posición de fuerza real o desde lo que le queda?
- ¿Alcanza con Karina? El diálogo se destrabó por fuera de Javier Milei y de Macri. ¿Es un gesto que se traduce en una relación estable entre los dos líderes, o vuelve a depender de intermediarios cada vez que se tensa?
- ¿CABA es la letra chica? Todo indica que lo que el PRO más quiere retener es el control de la Ciudad. ¿Ese acuerdo territorial alcanza para sostener una alianza nacional, o es solo una tregua acotada?
- ¿Escepticismo interno como límite? Adentro del propio PRO hay dudas incluso antes de que se sentaran las delegaciones a negociar. ¿Ese recelo interno puede trabar lo que las cúpulas ya encaminaron?
Nada de esto tiene, por ahora, una respuesta cerrada. La historia entre Macri y Milei muestra que cada reconciliación contuvo, puertas adentro, las razones de la pelea siguiente. Puede que esta vez sea distinto porque el reloj de 2027 apura a ambos lados por igual. O puede que, otra vez, alcance con las milanesas y no con un acuerdo real.