Buenos Aires, sábado 1 de agosto de 2026.
Ese movimiento empezó a insinuarse en las últimas semanas. La senadora dejó de esquivar el bulto y admitió que competir por la Jefatura de Gobierno en 2027 “no es imposible”, con esa frase que ya es marca registrada: “me tengo una fe bárbara”. No lo dijo sola: lo dijo mientras camina la Ciudad, recorre el sur porteño, compara a Buenos Aires con Santiago de Chile y le marca la cancha a la gestión de Jorge Macri en subtes, limpieza, tránsito e impuestos. Cada recorrida, cada tuit comparativo, cada chicana por los piquetes es una estaca clavada en el bastión histórico del PRO. La lectura completa de ese blanqueo la publicamos acá: Bullrich “donde yo haga falta, voy a estar”.
Pero la rosca no está en la candidatura. Está en la ingeniería que se arma por debajo.
El mapa que se dibuja en silencio
Según deslizan cerca de la senadora, el bullrichismo porteño no estaría esperando de brazos cruzados. Estaría haciendo la tarea. En reserva, sin cargos ni comunicados, un puñado de dirigentes con terminales dentro del GCBA vendría trabajando en algo tan poco glamoroso como decisivo: un relevamiento fino de la estructura del Estado porteño.
De prosperar el desembarco, ese mapa ya estaría bastante avanzado. Se trataría, según esas mismas fuentes, de cuantificar la maquinaria: cuántos cargos hay, qué áreas siguen funcionando por inercia y cuáles quedaron obsoletas, qué reparticiones se superponen y cuáles duplican tareas. Y, sobre todo, de trazar dos listas paralelas. Una: la de los funcionarios que efectivamente funcionan, los cuadros técnicos que un eventual gobierno de Bullrich querría retener porque gestionan. Otra, la incómoda: la de los curros existentes, las estructuras que solo sirven para sostener empleo político y que, llegado el caso, estarían listas para cortar de cuajo el día uno.
No es un dato menor que Bullrich haya puesto el ojo, justamente, en el tamaño del Estado porteño. Cuando dice que la Ciudad “tiene una estructura mucho más grande de la que tiene que tener”, no está improvisando una crítica de campaña: está anticipando un programa. Y ese programa necesita, antes que candidatos, un inventario. Alguien que sepa dónde está cada cosa. Ese alguien, hoy, estaría adentro.
Una tropa que sobrevivió al cambio de camiseta
El detalle fino, el que vuelve a esta historia una pieza de rosca y no una crónica más de campaña, es de dónde salen esos activos. El bullrichismo porteño no es un injerto libertario en la Ciudad: es, en buena medida, gente que se formó en el propio PRO, que conoce los pasillos de Uspallata de memoria y que en algún momento eligió a Patricia por encima del apellido Macri. Son, para decirlo sin vueltas, una quinta columna con carnet amarillo y corazón —o cálculo— bullrichista.
Esa condición los vuelve valiosos y peligrosos a la vez. Valiosos porque tienen la información: saben qué caja financia qué, qué área es una vidriera y cuál es un aguantadero. Peligrosos, para la actual conducción, por lo mismo. Mientras Jorge Macri busca renovar y sellar un acuerdo con los libertarios para no perder el distrito, dentro de su propia administración conviviría un grupo que ya estaría midiendo qué se queda y qué se tira si el que gobierna es otro.
El acuerdo que todavía no cierra
Todo este movimiento subterráneo ocurre sobre un tablero que arriba está lejos de estar resuelto. Bullrich condiciona su eventual candidatura a un entendimiento amplio entre LLA, el PRO y el radicalismo. Suena a gesto de unidad, pero es también una forma elegante de dejar la pelota picando: si el acuerdo se arma con ella a la cabeza, mejor; si no, ya avisó que se tiene fe.
El problema es conocido. El PRO tiene candidato natural —Jorge Macri quiere renovar— y La Libertad Avanza tiene su propia mesa chica en la Ciudad, con Pilar Ramírez como cara visible y terminal de Karina Milei. En ese mapa, cualquier fórmula porteña se define en una interna que en CABA todavía tiene una herramienta vigente: las PASO. Sobre esa mesa libertaria y sus combinaciones ya escribimos acá: Desde LLA habrían medido una fórmula Santilli-Ramírez para la Ciudad.
El que oxigenó todo este movimiento, conviene recordarlo, fue el derrumbe del candidato que LLA daba por natural en la Ciudad. Con Adorni fuera de juego, la exministra avanzó posiciones sin pedir permiso. Ese efecto dominó lo contamos en Efecto Adorni.
La lectura
Lo que hay que mirar no es si Bullrich se anota o no. Es que, mucho antes de que haya boleta, ya habría gente trabajando como si la boleta existiera. La euforia del bullrichismo porteño no se explica por una candidatura confirmada —no lo está—, sino por algo más concreto: la sensación de que, por primera vez desde que Patricia se fue del PRO, la Ciudad volvió a estar en juego. Y en la rosca porteña, el que llega con el mapa hecho no llega a improvisar. Llega a cortar.
La Rosca Digital