Hay renuncias que son trámites y renuncias que son capitulaciones. La de Ángel Angelini pertenece a la segunda categoría. No hizo falta que nadie lo echara. No hubo portazo ni comunicado altisonante. Simplemente, un hombre que conocía cada pliegue del Ministerio de Seguridad, que manejaba la agenda, los papeles y las llamadas de Patricia Bullrich, entendió antes que nadie que su ciclo estaba cumplido y que la única salida digna era anticiparse al golpe. Santa Fe fue la coartada. La verdad es otra: Angelini vio el derrumbe y se corrió de la zona de impacto.
LA HEREJÍA QUE NO SE PERDONA
Lo que ocurre entre Bullrich y el núcleo duro del Gobierno ya no admite eufemismos. Es una guerra de desgaste que se libra sin estridencias pero con una precisión quirúrgica. El episodio con Manuel Adorni fue el punto de inflexión. Bullrich, fiel a su estilo, quiso marcar la cancha con el tema de la declaración jurada, mostró la propia como un desafío tácito y presionó al vocero. Un gesto que en cualquier otra administración podría haber sido leído como un acto de coherencia republicana. Pero no en ésta.
En la arquitectura del poder que diseñó Karina Milei, Adorni no es un funcionario: es su voz. Cuestionarlo a él es cuestionarla a ella. Y cuestionarla a ella es rozar al Presidente. No hay escala de grises en ese esquema. Hay lealtades absolutas y hay herejías. Bullrich cometió una herejía sin medir las consecuencias, y el castigo fue inmediato: dejó de ser convocada a las reuniones que importan.

EL QUE HUELE LA SANGRE ANTES

Angelini, que no es un improvisado, olió la sangre antes de que se derramara. Conocía los códigos, sabía leer los silencios de la cúpula y entendió que permanecer en el cargo era exponerse a una caída sin red. Su renuncia no fue un gesto de cobardía. Fue un acto de inteligencia. Porque en una pelea entre la ministra y la hermana del Presidente no hay mediación posible: se está de un lado o se está del otro. Y él eligió estar en Santa Fe, que con todos sus problemas es un territorio menos hostil que la oficina de al lado.
Mientras tanto, Karina Milei calla. Y su silencio, que algunos confunden con indiferencia, es en realidad un método. Cuando la Secretaria General no habla, está contando. Cada baja enemiga es una muesca en el inventario del poder. La de Angelini ya está anotada. La pregunta que sobrevuela Balcarce 50 es cuántas más necesita Bullrich para que la próxima cabeza en rodar sea la suya.
EL PRECIO DE LA LEALTAD
Lo trágico del caso es que Bullrich hizo todo lo que el poder exige para permanecer. Se despojó de identidad propia, administró con eficacia durante los meses más duros del ajuste, defendió medidas que le erosionaron su propio capital y nunca —nunca— amenazó con construir una alternativa interna. Su lealtad, sin embargo, no fue interpretada como virtud sino como debilidad. Y en un ecosistema donde la desconfianza es el combustible, los leales son los primeros en volverse prescindibles.
EL SÍNDROME DEL BÚNKER
El problema, en realidad, excede a la ministra. Lo que está en marcha es un proceso de depuración sistemática que Karina Milei ejecuta con una disciplina de hierro. El triángulo de poder original —Javier, Karina, Santiago Caputo— ya no existe. Se rompió entre carpetazos y sospechas cruzadas, y lo que emergió de esas ruinas es un círculo más pequeño, más hermético, más familiar: el Presidente, Luis Caputo, los Menem y el riñón de la Jefa. Todo lo demás es periferia, vigilancia, prescindencia.
A esa dinámica, la política argentina la conoce bien. Es el síndrome del búnker, ese momento en que el poder deja de administrarse como una coalición y empieza a manejarse como una fortaleza. Los aliados se convierten en sospechosos. Los sospechosos, en enemigos. Y los enemigos, en bajas. Bullrich no inaugura esa lista. Es, apenas, la que más resistió antes de entrar en ella.
Y probablemente sea la que más le cueste al Gobierno haber perdido. Porque no se pierde a una ministra: se pierde una porción del relato, una cuota de eficacia y, sobre todo, la credibilidad de quienes un día prometieron que venían a hacer las cosas de otro modo.
Por Fernando López Duhour