
La salida de Patricia Bullrich de la mesa chica de la Casa Rosada no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de un esquema de poder que lleva meses funcionando con una lógica de depuración permanente, y que esta semana produjo además la remoción silenciosa del segundo de la ministra, Pablo Lacoste, en lo que el entorno libertario procesa como una señal de disciplinamiento hacia toda la línea de mando de Seguridad.
El episodio que disparó la tensión fue la crisis alrededor de Manuel Adorni. Bullrich deslizó públicamente que el vocero debía transparentar su situación patrimonial y presiono con la presentacion de su propia Declaración Jurada. Marco el paso al propio gobierno y en el esquema de Karina Milei, eso solo lo hace El Jefe, quien se atreva a pensar por fuera es acusado de alta traición. El resultado fue inmediato: Bullrich dejó de ser convocada a reuniones políticas de la Casa Rosada.
Lo que pocos en el oficialismo quieren reconocer en voz alta es el costo político de ese episodio. Las mediciones internas muestran que la imagen presidencial de Milei cayó cerca de ocho puntos en los días posteriores al escándalo Adorni. Una caída brusca en un momento en que el Gobierno venía acumulando capital político tras un resultado electoral que le había dado un piso de confianza inédito para un oficialismo en año impar.
Bullrich fue, hasta aquí, una de las dirigentes que más resignó identidad propia para fortalecer al Presidente. Nunca construyó alternativa interna. Nunca lo desafió públicamente. Administró Seguridad con una eficacia que el Gobierno necesitaba durante los meses más duros del ajuste y defendió medidas que le costaron capital propio. Cuando habló, lo hizo con la convicción de quien cree que señalar errores hacia adentro es una forma de proteger al que conduce. Esa lógica —que en otro gobierno habría sido valorada— terminó siendo leída como amenaza.
El problema estructural ya estaba instalado antes de este episodio. Karina Milei lleva meses ejecutando una política de control que el entorno oficialista denomina, con creciente incomodidad, purismo extremo. El triángulo de hierro —la fórmula que describía la articulación entre Javier, Karina y Santiago Caputo— dejó de funcionar como tal cuando la secretaria general y el asesor presidencial protagonizaron una ruptura que todavía proyecta consecuencias. Las carpetas con material comprometedor sobre figuras del entorno siguieron circulando después de ese quiebre. Nadie en Balcarce 50 habla de reconciliación.
Caputo sigue siendo parte del núcleo de poder. Pero su relación con el esquema karinista es tensa y, según varias fuentes del oficialismo, irreconciliable en lo personal. Lo que queda después de ese quiebre y de la exclusión de Bullrich es un mapa de poder muy reducido: Javier Milei, Luis Caputo, los hermanos Menem y el círculo de Karina. El resto del perímetro político —los dirigentes con historia, estructura y volumen electoral propio que en algún momento apostaron a este proyecto— se siente afuera, vigilado o directamente prescindible.
Esa dinámica tiene un nombre en la política argentina: el síndrome del búnker. Cuando el poder se administra como una fortaleza familiar, los aliados se van convirtiendo en sospechosos y los sospechosos en enemigos. Bullrich no es la primera en atravesar ese proceso dentro del oficialismo. Fue la que más tardó. Y probablemente la que más le costará perder.