El Estado que abandona el barco

Qué pasa adentro de un gobierno cuando sabe que se va

Hay una fecha exacta en que un gobierno deja de gobernar.

No es el día que entregan el mando. No es la noche del escrutinio. Es antes. Mucho antes. Es el momento en que la maquinaria interna procesa una señal y cambia de modo. Sin decreto. Sin anuncio. El Estado sigue en pie, las oficinas siguen abiertas, los funcionarios siguen cobrando. Pero algo se apagó.

Ese algo es la dirección.


Primero se van los mejores

Cuando un gobierno empieza a perder terreno, lo primero que se mueve no son los votos.

Son las personas.

Los técnicos calificados. Los expertos con redes. Los que tienen opciones. Se van antes de que el barco hunda su reputación junto con ellos. Lo hacen con discreción. “Proyectos propios.” “Motivos personales.” “Una oportunidad que no podía dejar pasar.” La traducción es más simple: nadie quiere estar en el andén cuando llegue el próximo tren.

Los que se quedan entran en modo supervivencia. Documentan todo. Evitan firmar lo que pueda ser revisado. Las decisiones se postergan. Los proyectos se frenan. “No tiene sentido arrancar algo que va a quedar a mitad.” Es una frase que ningún organigrama registra pero que cualquiera que haya trabajado en el Estado reconoce de memoria.

Y mientras tanto, afuera, el gobierno sigue anunciando cosas.


Lo que midieron los datos

En 2024, el politólogo Guillermo Toral publicó en The Journal of Politics el análisis más riguroso sobre el tema. Estudió empleo estatal y servicios de salud en municipios brasileños. Los números son perturbadores: los gobiernos que pierden elecciones producen, antes de irse, un aumento del 42% en los despidos de temporarios y un 30% más de incorporaciones a planta permanente. Los servicios se degradan antes de que el ganador asuma.

El mecanismo es frío: los despidos sirven para “regularizar” lo que se ignoró durante el mandato. Los nombramientos en planta sirven para complicarle la cancha al que llega. El gobierno saliente usa sus últimas semanas no para gobernar.

Para bloquear.

Y ahí está la paradoja que la ciencia política repite en todos los contextos: el momento en que un gobierno más necesita ejecutar bien —para revertir la imagen— es exactamente el momento en que su maquinaria interna está más rota.


Argentina ya vio esta película

El caso más ilustrativo no es el de un gobierno que pierde ante la oposición. Es el de un gobierno que se vacía desde adentro.

Era septiembre de 2021. El Frente de Todos acababa de perder las PASO legislativas. Faltaban dos años para que Alberto Fernández entregara el mando. Dos años. Y sin embargo, esa misma noche, el ministro del Interior puso su renuncia a disposición del Presidente. Después se sumaron el de Justicia, el de Ciencia, la titular del PAMI, la de ANSES. Doce funcionarios en 48 horas. No se iban porque el gobierno hubiera terminado. Se iban porque había dejado de tener sentido político para ellos.

El Presidente no aceptó las renuncias. Las llamó “estudiantinas.” Pero el daño estaba hecho: quedó expuesto que la mitad del gabinete le respondía a otra persona. Que el Estado que conducía no era del todo suyo.

Lo que siguió fueron dos años de parálisis progresiva. Guzmán renunció por Twitter, un sábado. Massa tomó Economía y gobernó con agenda propia. El Presidente hacía actos. Las decisiones las tomaban otros. El gobierno siguió en marcha, pero ya nadie conducía.

A nivel provincial, Santa Fe en 2023 es el espejo más medible. El gobierno entrante detectó que la gestión saliente había incorporado más de 13.000 trabajadores en los últimos seis meses —incluyendo ex funcionarios y familiares de funcionarios. La planta creció un 10% en ese período. El ministro de Economía entrante lo dijo sin anestesia: habían aceptado condiciones salariales que rechazaron durante tres años y medio, “a sabiendas de que ya no iba a ser su responsabilidad.”

No es peronismo ni radicalismo ni liberalismo.

Es física. Es lo que pasa cuando el horizonte se achica.


Dos gobiernos. Un horizonte.

Hoy, en la Argentina de mayo de 2026, hay dos administraciones mirando ese horizonte de frente. Y las dos lo saben.

Una gobierna el país. Las encuestas muestran, por primera vez desde que asumió, un escenario genuinamente competitivo. El 71% considera que “hace falta un cambio de gobierno.” La desaprobación supera el 60%. Algunos sondeos la muestran perdiendo en un hipotético balotaje. Desde adentro dicen que van a ganar. Las consultoras muestran otra cosa. Esa brecha —entre lo que dice el poder y lo que miden los números— es exactamente la señal que los funcionarios saben leer mejor que nadie.

La otra gobierna el distrito que durante veinte años fue la vidriera y el bastión de su espacio. En 2025 perdió en todas sus comunas. Ni una. El partido que la fundó fue desplazado en su propio territorio por una fuerza que hace dos años no existía. El jefe de esa administración lo dijo con una honestidad infrecuente en política: fue “un correctivo a tiempo”, y si le hubiera pasado más cerca del final, se quedaba sin chances de reelegir.

Esa frase no es un análisis. Es una advertencia.

Y los que trabajan para él la escucharon.


La pregunta que nadie hace en voz alta

¿Qué están haciendo hoy esos funcionarios?

No todos. No la mayoría. Pero sí una fracción —invisible, silenciosa, completamente racional desde su propia lógica— que ya procesa la señal.

¿Quién me contrata después? ¿Qué firmo y qué no firmo? ¿Este contrato conviene cerrarlo ahora? ¿Incorporo a esta persona antes de que cambie el viento?

No es corrupción, necesariamente. Es comportamiento humano bajo incentivos distorsionados. Cuando el incentivo de la continuidad desaparece, lo que queda en su lugar no es el bien público. Es la lógica individual. Y la lógica individual, a escala burocrática, produce efectos que se sienten durante años.

La factura no la paga quien toma las decisiones.

La pagan los que vienen después. Y los ciudadanos que, en el mientras tanto, no saben que alguien ya dejó de poner combustible.


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