
Por Germán Grosso
La Ley 1777 define a las comunas como unidades de gestión política y administrativa con competencias propias. Manejan temas visibles y sensibles: el mantenimiento del espacio público, el arbolado, las veredas, las plazas, el control comunal y la atención directa a los reclamos. No es teoría. Es lo que el vecino ve todos los días.
Dentro de ese esquema, el comunero forma parte de un cuerpo colegiado que delibera, propone, controla y fija prioridades. No actúa en soledad ni desde un despacho aislado. Su rol es político en el sentido más concreto: representar al barrio, llevar los problemas reales a la mesa y sostener presencia constante en el territorio.
Ahí aparece la exigencia real del rol. Porque el vecino no distingue estructuras ni organigramas: necesita respuestas. Y el comunero es muchas veces el primer contacto, el que escucha, el que canaliza y el que empuja para que las soluciones lleguen.
El desafío es que las comunas funcionen como fueron pensadas: espacios de cercanía con capacidad real de incidencia. Donde la representación no sea solo formal, sino efectiva. Donde la política no se diluya en la burocracia, sino que se traduzca en resultados concretos.
Ser comunero, entonces, no es ocupar un lugar. Es asumir una responsabilidad cotidiana. Es estar cuando hay un problema, cuando el reclamo se repite, cuando la respuesta tarda. Es construir confianza en el territorio.

Y también es una invitación. A quienes militan en cualquier fuerza política, a quienes sienten vocación pública o están dando sus primeros pasos: formarse, involucrarse y animarse a ocupar estos lugares. Porque es una de las tareas más exigentes, pero también más humanas de la política. No importa desde qué espacio se haga, sino cómo se hace: con honestidad, capacidad y compromiso real. Los vecinos no necesitan discursos lejanos. Necesitan dirigentes cercanos, presentes y responsables.
Cuando caminás el barrio y te frenan en cada cuadra con un problema distinto, entendés que la política real no pasa por arriba: pasa por acá. Y el comunero está justo en ese lugar incómodo donde no alcanza con opinar: hay que responder.
Me parece excelente la tarea me encanta escuchar a la gente y tratar de solucionar sus problemas .