
Pilar Ramírez dijo algo que en la política porteña no pasó inadvertido: “El que más hizo por los porteños en los últimos tiempos fue Milei.” No fue una frase de ocasión ni un elogio suelto. Fue una marca de posición. Una manera de avisar que La Libertad Avanza ya no se conforma con crecer en la Ciudad: quiere discutir quién representa de verdad al porteño que durante años miró al PRO como su expresión natural.
La jugada tiene peso por quien la dice. Ramírez no ocupa un lugar menor dentro del universo libertario porteño. Es una voz con volumen interno, cercana al armado real del espacio y con responsabilidad sobre la construcción en CABA. Por eso, cuando lanza una frase así, no habla solo para los medios: habla también para ordenar a los propios y para mandar un mensaje a los rivales.
El destinatario principal de esa frase no fue el peronismo. Fue el PRO. Porque lo que está en discusión no es solamente una gestión o una coyuntura, sino una identidad política. Durante casi dos décadas, el macrismo construyó en la Ciudad una marca ligada al orden, la administración y cierta idea de eficacia urbana. Lo que Ramírez pone sobre la mesa es que ese activo ya no sería propiedad exclusiva del partido amarillo.
Ahí aparece el movimiento más interesante. Los libertarios buscan instalar que los cambios más visibles que hoy perciben muchos porteños no fueron impulsados desde Uspallata sino desde la Casa Rosada. El mensaje de fondo es simple: si hay orden en la calle, si se terminó cierta lógica de caos permanente, si cambió el clima en el espacio público, entonces el mérito no es del PRO. El mérito es de Milei.
Eso, en términos políticos, es dinamita. Porque toca el nervio más sensible del oficialismo porteño: su vínculo histórico con un electorado que valora gestión, autoridad y funcionamiento. Si La Libertad Avanza logra quedarse con esa bandera, el PRO puede conservar estructura, nombres y territorio, pero perder algo más delicado: la centralidad simbólica.
La frase de Ramírez, además, no aparece en el vacío. Llega en un momento en que el espacio libertario viene profundizando su construcción en la Ciudad con lógica propia. Ya no se trata solo de referentes sueltos o de una bancada legislativa. Hay organización por comunas, segmentación por perfiles, equipos sectoriales y un trabajo más fino sobre públicos específicos.
En ese esquema entran los grupos de jubilados, la llamada Generación Plateada, los espacios de profesionales y distintos coordinadores dedicados a aspectos concretos del trabajo político. Es decir: no están armando solamente una fuerza electoral para una elección puntual. Están montando una estructura. Una red de militancia, referencia y presencia territorial que busca darle volumen estable al proyecto libertario en CABA.
Ese dato importa porque cambia la lectura de la frase. Ya no se trata solo de una definición altisonante para ganar un titular. Es una pieza de un discurso más grande. Una narrativa diseñada para convencer a la militancia, atraer nuevos sectores y, sobre todo, instalar que la Ciudad también puede ser violeta.
En ese punto, la tensión con el PRO deja de ser un chispazo y empieza a parecer una disputa de fondo. Porque si ambos espacios apuntan al mismo votante, si quieren representar al mismo clima social y si buscan liderar el mismo campo antikirchnerista, entonces la convivencia tiene fecha de vencimiento. Podrán negociar en algunos tramos, compartir enemigos o coincidir en votaciones, pero abajo de esa superficie lo que crece es una competencia por conducción.
Ramírez, con una sola frase, puso esa pelea arriba de la mesa. No discutió un proyecto. No polemizó sobre una ley. Fue a algo más profundo: quién encarna hoy, de verdad, la idea de cambio para los porteños.
Y ahí está el núcleo de todo. Porque cuando una fuerza empieza a decir que hizo más por la Ciudad que quienes la gobiernan hace años, lo que está planteando no es una crítica. Está anunciando una disputa.
La batalla ya no es por acompañar al poder porteño. Es por reemplazarlo.