
En la Argentina de 2026, hablar de poder sin hablar de mujeres ya no describe la realidad: la recorta. Hoy las mujeres ocupan lugares centrales en la botonera del Estado, en el Congreso, en los municipios más poblados y en estructuras partidarias que ordenan candidaturas, tensan alianzas y condicionan el rumbo de la discusión pública. El mapa del poder ya no puede leerse como una foto masculina con excepciones: cambió.

En la cima del oficialismo, el nombre más gravitante es Karina Milei. Formalmente es la secretaria general de la Presidencia, pero su influencia excede el cargo: aparece de manera sostenida en la agenda oficial, acompaña al Presidente en actos clave y sigue siendo una pieza visible del armado político libertario. En un gobierno construido sobre la confianza personal, su lugar no es protocolar: es estructural.

En el otro vértice del poder nacional está Victoria Villarruel, que continúa como vicepresidenta de la Nación y además preside el Senado. Ese doble rol le da un peso institucional que en la política argentina nunca es menor: el Senado no es solo una cámara legislativa, también es una usina de negociación, bloqueo y supervivencia política. Y Villarruel, aun en medio de tensiones con la Casa Rosada, sigue sentada en ese lugar.

Dentro del gabinete nacional también sobresalen dos figuras con áreas especialmente sensibles. Sandra Pettovello sigue al frente del Ministerio de Capital Humano, una de las carteras más grandes y expuestas del Gobierno. Y Alejandra Monteoliva figura como ministra de Seguridad Nacional, cargo en el que fue oficializada a fines de 2025 y que mantiene en la actualidad. No son oficinas menores: allí se administra conflicto social, calle, narrativa pública y capacidad de respuesta estatal.

Si el foco pasa al Congreso, la foto femenina también es potente. Patricia Bullrich hoy es senadora nacional por la Ciudad de Buenos Aires dentro de La Libertad Avanza, con mandato hasta 2031, y ya tiene participación activa en los debates legislativos de este año. En la conducción del Senado, además, aparecen María Carolina Moisés en la Vicepresidencia, Carolina Losada en la Vicepresidencia Primera y Alejandra Vigo en la Vicepresidencia Segunda. Ahí también hay poder: ordenar una sesión, abrir una negociación o sostener una mayoría suele valer tanto como una gran declaración pública.

Del lado opositor, Cristina Fernández de Kirchner sigue siendo un nombre imposible de omitir. No ocupa hoy un cargo público y su situación judicial es de máxima gravedad: la Corte dejó firme la condena en la causa Vialidad, quedó inhabilitada de manera perpetua para ejercer cargos públicos y la Justicia le concedió prisión domiciliaria. Pero aun así mantiene centralidad simbólica y peso político dentro del peronismo. En la Argentina, a veces el poder no pasa por la firma de un decreto sino por la capacidad de seguir ordenando emocional y políticamente a un espacio entero.

Cuando la mirada se nacionaliza de verdad y sale del eje porteño, aparecen otras mujeres con poder territorial concreto. Rossana Chahla es la intendenta de San Miguel de Tucumán y fue la primera mujer electa para conducir la capital tucumana. Mariel Fernández sigue como intendenta de Moreno, y Fernanda Alonso como intendenta de General Pico. Son tres casos distintos, en geografías distintas, pero con algo en común: muestran que el poder femenino no se agota en la televisión ni en el Congreso; también se construye desde el territorio, donde se gestiona, se negocia y se acumula.

En el plano provincial también hay mujeres con peso institucional de primer orden. Verónica Magario continúa como vicegobernadora de la provincia de Buenos Aires, y Hebe Casado como vicegobernadora de Mendoza. Son cargos que muchas veces quedan debajo del radar mediático nacional, pero que en la práctica ocupan un lugar decisivo en la arquitectura del poder provincial. La política argentina suele mirar demasiado la Casa Rosada y demasiado poco a las provincias; sin embargo, buena parte del poder real también pasa por ahí.

Hay, además, figuras que siguen pesando aunque hayan cambiado de casillero. Mayra Mendoza, por ejemplo, dejó la jefatura activa del municipio de Quilmes al tomar licencia para asumir como diputada provincial en diciembre de 2025, pero conserva volumen político propio y sigue siendo una referencia fuerte del kirchnerismo bonaerense. Su caso muestra otra cosa que suele pasar en la política argentina: el poder no siempre desaparece cuando cambia el cargo; a veces simplemente cambia de formato.
Eso es, en el fondo, lo que este 8 de marzo obliga a mirar con más precisión. No alcanza con decir que “hay más mujeres en política”. La pregunta importante es otra: dónde están, qué deciden, qué estructuras ordenan, qué conflictos administran y qué futuro pueden disputar. Y la respuesta, hoy, es clara: están en la Casa Rosada, en el Senado, en los ministerios, en las vicegobernaciones, en los municipios y en los principales tableros partidarios del país.
La política argentina sigue siendo áspera, desigual y muchas veces cruel. Pero ya no puede narrarse como un club explicado solo por hombres. El poder, hoy, también se escribe en clave femenina.