
Porque la escena hacia afuera es contradictoria. Jugadores reclamando pagos. Socios preocupados por el pasivo. Dirigentes hablando de ajustes. Pero al mismo tiempo, permisos, trabajos y presencia de empresas ligadas al entorno urbano avanzando en zonas vinculadas al proyecto de Boedo. ¿Obra pública? ¿Gestión privada? ¿Convenios viejos que hoy se ejecutan? La falta de explicaciones oficiales convierte todo en terreno fértil para la política.
El dato político agrega más tensión. La conducción transitoria quedó en manos de Sergio Constantino, dirigente que —según distintas versiones públicas— mantiene vínculos con la estructura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. No hay información clara sobre licencias, horarios o límites entre sus funciones públicas y la gestión del club. Y ese silencio alimenta sospechas.
Desde el entorno porteño sostienen que muchas tareas responden a procesos urbanísticos previamente aprobados y no al presupuesto del club. Técnicamente puede ser cierto. Políticamente, no alcanza. Porque la imagen pública que queda es otra: un club sin recursos que muestra movimiento de infraestructura como si estuviera en expansión.
El problema no es solo económico; es narrativo. San Lorenzo pasó de discutir balances a discutir vínculos de poder. Y cuando el presidente del club tiene cercanía con estructuras estatales, la frontera entre gestión deportiva y política se vuelve difusa.
Dentro del club, algunos dirigentes repiten en off que la prioridad es sostener el proyecto de la Vuelta a Boedo aun en medio de la tormenta financiera. Afuera, socios e hinchas ven algo distinto: una institución que no logra ordenar sus cuentas, pero sí mantener agenda urbanística.
Ahí aparece el verdadero eje del conflicto. No se trata únicamente de si la Ciudad paga o no paga obras —algo que no tiene confirmación pública directa— sino de la percepción de privilegio político. En la Argentina del ajuste permanente, cualquier señal de apoyo estatal implícito genera ruido.
San Lorenzo quedó atrapado en una ecuación peligrosa: necesita mostrar gestión para sostener la ilusión del estadio, pero cada avance abre más preguntas sobre quién decide y quién financia. Y mientras la dirigencia intenta ordenar la interna, la política mete la cola inevitablemente.
El título que sobrevuela Boedo ya no es futbolístico. Es político. Porque cuando un club inhibido construye, la discusión deja de ser deportiva y pasa a ser institucional. Y la gran incógnita sigue abierta: ¿es planificación urbana legítima o una postal más de cómo el poder se mezcla con el fútbol argentino?
Clistenes