
Miguel Ángel Pichetto estaría intentando volver al centro del tablero con una idea que ya dejó de ser una charla de café: un armado nacional amplio para enfrentar a Javier Milei, con eje en producción, industria, trabajo y poder territorial. En marzo, él mismo habló de una construcción opositora “amplia”, y en paralelo empezaron a multiplicarse las fotos, reuniones y gestos con peronistas federales, exlibertarios y sectores que buscan una alternativa por fuera del oficialismo y también del kirchnerismo más cerrado.
En ese mapa, Paolo Rocca no aparecería como un dirigente partidario ni como un financista expuesto. Aparecería, más bien, como el emblema de otra cosa: el malestar de una parte del capitalismo industrial con la lógica económica del mileísmo. La tensión entre Milei y Rocca escaló en las últimas semanas, con ataques públicos del Presidente al dueño de Techint y una discusión cada vez más visible sobre apertura, precios, acero, energía y competitividad. En ese contexto, Pichetto salió a cuestionar la pelea y a defender una mirada productivista, marcando una sintonía política con un sector empresario que empieza a sentirse incómodo con el experimento libertario cuando la motosierra se acerca a la estructura industrial.
Ahí estaría el corazón de la nota. No tanto en afirmar que Rocca financiaría a Pichetto, sino en leer que podría estar formándose una convergencia de intereses. Pichetto buscaría ofrecer algo que hoy escasea: traducción política para una Argentina que produce, exporta, invierte y no termina de verse representada ni por el kirchnerismo residual ni por la épica libertaria. Del otro lado, Rocca y el universo fabril expresarían una demanda cada vez más nítida de previsibilidad, protección inteligente y defensa de la industria pesada. No sería necesariamente una alianza formal. Podría ser, primero, una coincidencia de necesidades.
Incluso el propio discurso público de Rocca empujaría en esa dirección. Techint difundió a fines de 2025 su participación en un panel sobre “el valor de la industria”, con foco en desarrollo, competitividad y cadenas de valor, una agenda que dialoga bastante más con el libreto de Pichetto que con la versión más dogmática del libremercadismo oficial. Si Milei eligiera pelearse con parte del establishment fabril, Pichetto podría estar haciendo algo bastante clásico: pasar por la puerta de atrás a buscar a los heridos del modelo.
Por eso, la hipótesis política más interesante no sería la del aporte comprobable, sino otra más profunda: Pichetto podría querer convertirse en la herramienta política de un clima empresario que todavía no tiene candidato propio. Ese sería su verdadero valor. No la novedad. No la pureza. No el carisma. La utilidad. En una Argentina donde la política perdió programa y el empresariado perdió voceros, el rionegrino podría intentar venderse como lo que mejor sabe ser: un traductor del poder real.
Y ahí tal vez empiece la rosca de verdad. Porque cuando la industria deja de aplaudir en silencio, no siempre arma partido. A veces, antes que nada, elige interlocutor.