
No hay sorpresas en abril para los monotributistas. Las categorías que fijó ARCA en febrero siguen en pie, sin actualizaciones, sin retoques. Para muchos, eso es un alivio. Para otros, especialmente los que ya estaban ajustados en su categoría, es apenas una pausa antes de la próxima recategorización.
El régimen simplificado agrupa hoy a más de dos millones de contribuyentes en todo el país: desde el plomero del barrio hasta el consultor que factura desde una notebook. Once categorías, una sola lógica: cuanto más facturás, más pagás. Y si prestás servicios, pagás más que si vendés bienes. Una distinción que, en la práctica, castiga especialmente a trabajadores independientes y profesionales.
La categoría A arranca en $42.386 por mes con un tope de facturación de $10,2 millones anuales. La K, la más alta, exige hasta $1.381.687 mensuales para quien facture cerca de los $108 millones. Entre una y otra hay once escalones y una diferencia de más de 30 veces en la cuota.
La cuota no es solo “un impuesto”. Incluye el componente impositivo, el aporte jubilatorio y la cobertura de obra social. Dicho de otro modo: lo que el monotributista paga cada mes es, al mismo tiempo, lo que sostiene su acceso al sistema de salud y lo que eventualmente contará como aporte previsional. Una ecuación que suena razonable en el papel, pero que aprieta cuando los ingresos no acompañan.

Lo que no cambia en el corto plazo puede cambiar de golpe más adelante. Las actualizaciones del Monotributo suelen llegar cuando la inflación acumulada ya erosionó los topes, empujando a muchos contribuyentes a categorías más altas sin que sus ingresos reales hayan mejorado. Es el eterno problema del régimen: los números suben en el papel, las cuotas también, pero el poder de compra se queda quieto.
Por ahora, abril da un respiro. El mes que viene, habrá que ver.