
El discurso como combate
A las 21 en punto, en el recinto del Congreso de la Nación Argentina, la apertura de sesiones dejó de ser un acto protocolar para transformarse en una escena política de alto voltaje.
Javier Milei eligió un tono de confrontación explícita. Entre aplausos oficialistas y silbidos opositores, lanzó frases que marcaron el eje de la noche:
“Me encanta domarlos”, dijo en referencia a la bancada kirchnerista, a la que volvió a llamar “kukas”. En otro tramo, habló de “ladrones”, “operetas” y “casta”, reforzando la narrativa que lo llevó al poder.
No fue un desliz. Fue una estrategia discursiva coherente con su identidad política: conflicto directo, enemigo claro y cero matices.
Reformas y anuncios: la agenda formal
Detrás del tono beligerante hubo contenido programático. El Presidente anunció que impulsará durante 2026 un paquete sostenido de proyectos que incluiría:
- Reforma del sistema electoral.
- Modificaciones al Código Penal.
- Nuevas reducciones impositivas.
- Profundización del esquema de desregulación económica.
También defendió el rumbo fiscal, reivindicó el equilibrio de las cuentas públicas y volvió a presentar al Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) como prueba de que la apertura económica empieza a mostrar resultados.
En política exterior, reafirmó su alineamiento con Estados Unidos y mencionó su sintonía con el ex presidente Donald Trump como referencia ideológica internacional.
La estructura fue clara: confrontación en la superficie, reformas en el fondo.
Polarización como herramienta de gobernabilidad
La clave no estuvo solo en lo que dijo, sino en cómo lo dijo.
Milei no buscó tender puentes con la oposición. Apostó a profundizar la grieta. La lógica es conocida: cuanto más nítido el antagonismo, más cohesionada la base propia.
La polarización cumple varias funciones simultáneas:
- Consolida identidad.
- Marca territorio ideológico.
- Reduce el margen de ambigüedad en aliados.
- Traslada el eje de la discusión desde la negociación parlamentaria hacia el terreno simbólico.
En un Congreso fragmentado, donde el oficialismo necesita acuerdos para avanzar, el Presidente opta por dominar la narrativa antes que suavizar el clima.

El Congreso como escenario, no como límite
La apertura dejó una imagen política potente: el Parlamento como ring discursivo. La institucionalidad quedó subordinada al impacto.
El mensaje implícito fue que la disputa no se libra en los pasillos sino en la opinión pública. En tiempos de redes y viralización inmediata, el objetivo no es convencer a la oposición sino consolidar liderazgo frente a la audiencia.
La estrategia de “domar” no busca consenso; busca centralidad.
Y mientras la economía marque el pulso y la base electoral se mantenga firme, el Gobierno parece dispuesto a sostener la tensión como forma de poder.
Milei no inauguró el año legislativo: volvió a instalar su lógica. Gobernar desde el conflicto, incluso desde el centro mismo del sistema.