
Manuel Adorni entró en una zona de daño político real. Ya no se trata solo de un funcionario golpeado por una mala semana, sino de un nombre que empezó a generar incomodidad dentro del propio dispositivo libertario. El caso del viaje de su esposa a Nueva York en el avión presidencial, sumado a la investigación sobre el vuelo privado a Punta del Este, rompió algo más importante que una explicación oficial: rompió el relato de superioridad moral que el Gobierno usó como escudo desde el primer día.
En paralelo, Adorni hoy sigue siendo jefe de Gabinete nacional, cargo al que llegó tras dejar la vocería, mientras arrastra además el dato político de haber sido electo legislador porteño en 2025. En aquel momento había dicho que asumiría esa banca en diciembre si resultaba electo, y la discusión sobre su desembarco en la Legislatura quedó siempre atada a las necesidades de Javier y Karina Milei.

Por eso, en estas horas, la rosca no pasa solo por defenderlo: pasa por ver cómo reubicarlo sin admitir una derrota. La mesa chica sabe que sostenerlo demasiado también tiene costo. Y ahí aparece la opción porteña como salida elegante: mandarlo a ocupar la banca que ganó, bajarlo del centro de la tormenta nacional y vender el movimiento como cumplimiento institucional, no como retroceso. Esa parte, por ahora, sigue siendo lectura política y no confirmación oficial. Lo confirmado es otra cosa: el Gobierno ya quedó a la defensiva, Adorni tuvo que pedir disculpas por una “pésima decisión”, y la Justicia empezó a meter mano sobre el circuito de pagos del viaje privado.
En política, a veces el problema no es el escándalo. El problema es cuando tu propio espacio empieza a preguntarse si todavía servís para taparlo. Y ese parece ser, hoy, el verdadero drama de Adorni.