La Compañía: la red rusa que operó en Argentina para hundir a Milei con noticias falsas y periodistas de IA

76 documentos filtrados exponen una operación de propaganda del Kremlin que inyectó 250 artículos en más de 20 medios digitales argentinos, fabricó periodistas con inteligencia artificial y pagó en dólares para agitar la polarización interna. La SIDE ya lo sabía.

Cuando Javier Milei apenas calentaba el sillón de Rivadavia, los servicios de inteligencia exterior rusos ya habían puesto en marcha una maquinaria de desinformación diseñada específicamente para erosionar su gobierno. No era improvisación: era una operación estructurada, financiada y coordinada desde Moscú, con nombres, tarifas y medios argentinos en la planilla.

La revelación llegó esta semana de la mano de un consorcio internacional de siete medios —entre ellos el africano The Continent y el británico openDemocracy—, que accedieron a 76 documentos filtrados que suman 1.431 páginas de informes internos, presupuestos y hojas de ruta de lo que internamente se llama “La Compañía”: la red privatizada pero alineada con el Kremlin que en 2024 desplegó campañas de propaganda en más de 20 países de África y América del Sur.

¿Qué es “La Compañía” y quién la dirigió en Argentina?

La Compañía no es un organismo estatal en sentido estricto, pero tiene vínculos documentados tanto con el SVR —el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia— como con el extinto Grupo Wagner del difunto Yevgeny Prigozhin. La operación local fue coordinada por Alexey Evgenievich Shilov, uno de los 17 ex contratistas de Wagner que continuaron trabajando en esta estructura. Su propio currículum filtrado no deja margen para la duda: “organizó y llevó a cabo una operación sociopolítica para desacreditar la política proucraniana de los dirigentes de Argentina”.

El motivo del blanco es claro. Milei llegó al poder alineado con Washington, apoyó inicialmente a Ucrania en la guerra contra Rusia y adoptó un discurso de ruptura que puso a Argentina en la órbita occidental. Para Moscú, eso tenía un costo que había que cobrar.

A la luz del mayor control de los servicios especiales argentinos sobre la injerencia externa, los acuerdos alcanzados con las fuerzas de la oposición permitirán llevar a cabo más trabajo en el territorio del país utilizando fuerzas locales.” — REPORTE INTERNO DE LA COMPAÑÍA, OCTUBRE DE 2024

El mecanismo: periodistas de fantasía, noticias falsas y tarifas en dólares

La ingeniería de la operación combinó tres elementos. Primero, identidades fabricadas: periodistas con nombres en español cuyas fotos pertenecían a ciudadanos rusos reales o eran rostros generados por inteligencia artificial. El caso más documentado es el de “Manuel Godsin”, cuya imagen corresponde a un tal Mikhail Malyarov. Otros “autores” que inundaron los portales argentinos fueron Gabriel di Taranto, Juan Carlos López y Marcelo Lopreiatto, todos con currículums inventados.

Segundo, un tarifario concreto: entre US$ 350 y US$ 3.100 por artículo publicado, según los registros. Si bien la investigación no pudo confirmar que esos pagos llegaron efectivamente a los medios —algunos podrían haberse quedado en intermediarios—, las planillas existen y los artículos también.

Tercero, el contenido: una mezcla de noticias verdaderas y falsas diseñadas para agitar la polarización interna, cuestionar la posición argentina frente a Ucrania y generar fricciones diplomáticas con países vecinos. El relato de los “terroristas argentinos en Chile” que planeaban volar un gasoducto —publicado por El Destape y luego desmentido y eliminado por el propio medio— fue uno de los casos más resonantes.

Los medios argentinos en la planilla rusa

Los documentos mencionan a más de 20 medios digitales nacionales. Los más nombrados: Big Bang News (16 notas, US$ 12.000 presupuestados), Dos Bases (18 notas, US$ 6.300) y El Grito del Sur (6 notas, US$ 2.400). Los tres negaron haber recibido dinero de Rusia. Pero la respuesta del editor en jefe de El Grito del Sur, Yair Cybel, generó su propio escándalo: admitió que el medio acepta “toda información dispuesta a desacreditar al gobierno de Milei” y que “respalda fervientemente a la Federación Rusa en su conflicto con Ucrania”.

La investigación aclara que no pudo determinar si los pagos se efectuaron ni quiénes fueron los destinatarios reales. La explicación más repetida entre los medios fue que el contenido llegó a través de agencias, consultoras o intermediarios no identificados, y que en varios casos se publicó sin revisión editorial rigurosa.

La SIDE lo sabía: espías rusos expuestos y fugados

No es que el gobierno haya sido tomado por sorpresa. En 2025, la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) confirmó haber identificado la estructura de La Compañía y señaló como responsables locales a dos ciudadanos rusos: Lev Konstantinovich Andriashvili e Irina Yakovenko. Se abrió una causa penal. Pero según el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), ambos abandonaron Argentina rumbo a San Petersburgo pocos días después de que el gobierno hiciera pública la red.

La ex ministra de Seguridad Patricia Bullrich reveló que a mediados de 2025 la entonces secretaria de Seguridad Nacional de EE.UU., Kristi Noem, le advirtió directamente sobre actividades rusas de desinformación en Argentina y pagos a periodistas y medios locales.

No es la primera vez que Rusia deja huellas en suelo argentino. El mismo consorcio reveló previamente que una pareja de espías rusos —Artem y Anna Dultsev— vivió una década en el barrio porteño de Belgrano bajo identidades falsas, y que su plan de largo plazo incluía que sus hijos, nacidos en Buenos Aires con ciudadanía argentina, continuaran la labor de espionaje aprovechando esa “leyenda” de nacionalidad.

La rosca de fondo: por qué Argentina

El timing no es casual. Rusia no desplegó esta operación contra cualquier gobierno latinoamericano: la eligió porque Milei, con su alineamiento pro-occidental y su apoyo inicial a Ucrania, representaba un problema en el tablero geopolítico. Y lo eligió también porque Argentina es una sociedad ya polarizada, donde la línea entre información y propaganda se difumina con facilidad, y donde la proliferación de medios digitales de nicho crea terreno fértil para la “inyección” de contenidos fabricados.

La pregunta que queda abierta, y que la investigación no termina de responder, es cuántos de esos 250 artículos llegaron a sus destinatarios por ignorancia editorial —un medio que publicó sin saber— y cuántos lo hicieron con plena conciencia de su origen. Esa es la rosca que nadie, por ahora, quiere contar.


Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio