LA CGT LE METIÓ UN JUEZ A MILEI

La Justicia frenó el corazón de la reforma laboral y le devolvió al sindicalismo una centralidad que el Gobierno ya descontaba licuada.

La reforma laboral de Javier Milei no se frenó en una marcha ni en una sesión caliente. Se frenó en un juzgado. Este lunes 30 de marzo, el juez laboral Raúl Ojeda hizo lugar a una cautelar presentada por la CGT y suspendió provisoriamente una parte central de la Ley 27.802, la norma con la que la Casa Rosada buscaba rediseñar de punta a punta las reglas del trabajo en la Argentina. Lo que quedó congelado no es un detalle: indemnizaciones, huelga, convenios colectivos, teletrabajo, tercerización, banco de horas y el Fondo de Asistencia Laboral. O sea: el corazón político de la reforma.  

El golpe no es sólo jurídico. Es político. Porque la CGT, que venía dando la sensación de estar más preocupada por administrar la derrota que por discutir poder, encontró una ventanilla para volver al centro del tablero. Y porque Milei descubrió algo que en la Argentina siempre vuelve: una cosa es conseguir una ley y otra muy distinta es volverla irreversible. El fallo dice, en términos técnicos, que hay verosimilitud del derechopeligro en la demora y legitimación de la central obrera para accionar en nombre del colectivo trabajador. Traducido al castellano de la rosca: el Gobierno ya no discute sólo con gremios, discute con jueces. Y cuando una reforma entra en zona judicial, el relato del cambio permanente empieza a caminar con freno de mano.  

Lo más incómodo para la Rosada es que el expediente no cuestiona apenas un artículo suelto ni una mala redacción. Cuestiona la lógica general. El juez pone bajo sospecha cambios que, a primera vista, podrían implicar regresión en derechos laborales, afectación de la libertad sindical y daños difíciles de revertir si la ley sigue vigente mientras se tramita el fondo. Ahí aparece el verdadero problema para el oficialismo: la reforma deja de discutirse como una promesa de modernización y pasa a discutirse como una posible poda inconstitucional de derechos. Y en ese terreno, ya no alcanza con gritar “casta”, ni con mostrar votos en el Congreso, ni con recitar que el mercado acomoda todo. Hace falta otra cosa: blindaje técnico, tiempo judicial y muñeca política. Hoy, el Gobierno no tiene del todo ninguna de las tres.  

La CGT no tumbó la reforma. Pero le recordó a Milei que todavía hay un poder que no se insulta por cadena nacional ni se disciplina por Twitter. A veces la lapicera manda. Y a veces aparece un juez que le corre el renglón.

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