
La designación de Matías Lammens al frente de la comisión que filtra jueces y fiscales no es un detalle: es un lugar que, por lógica, debía quedar en manos del oficialismo de Jorge Macri o, en su defecto, de sus socios radicales. Pero no. Le entregaron la llave de entrada a decenas de cargos sensibles en medio del traspaso de la Justicia.
Y no son cargos menores. En 2026 van a pasar por esa comisión seis jueces de cámara laboral, diez de primera instancia, el nuevo jefe de fiscales en reemplazo de Juan Bautista Mahiques, y varios cargos del Ministerio Público. Es, directamente, la fábrica de poder judicial de la Ciudad.
El técnico de la política de Macri, Daniel Angelici, histórico armador del poder judicial porteño, cerró con su par peronista Juan Manuel Olmos dejar pasar a un “enemigo amigo” hasta la puerta de su propia casa. La jugada la terminó de acomodar Christian Gribaudo y en el PJ porteño ya genera malestar.
El Tano no perdió poder: lo redistribuyó. Prefirió ceder la presidencia de la comisión a alguien manejable antes que arriesgarse a que ese lugar caiga en perfiles más caros políticamente, ligados al universo de Leandro Santoro. Leyó que Lammens está de salida, que no juega en la discusión estratégica de la Ciudad, pero que todavía tiene dos años de margen. En esa lógica, la supervivencia pesa más que la pureza: se fortalece el poder de los operadores por sobre el del voto.
La ecuación es simple: empoderar a alguien débil para negociar todo. Un jugador con costo propio que puede pagar el peaje sin romper el sistema.
El problema —o la oportunidad— es que nada de esto camina sin los dos tercios de la Legislatura. Y ahí el “enemigo amigo” deja de ser concesión y pasa a ser condición. El acuerdo amplio permite jugar en dos puntas: con el Pilar hacia la derecha y con Lammens como puente al PJ. Derecha pragmática, pero PJ al fin.
Queda la incógnita de Olmos. Es el cerrajero de la política quien abre puertas en todos los frentes, pero que nunca termina por armar la llave para ganar. Tal vez porque su lógica —como la de su socio italiano— no es lineal: no juega a una estrategia única, sino a la suma de partes. Un equilibrio inestable que, hasta ahora, siempre le termina cerrando.