
Felipe Miguel fue durante ocho años el administrador central del larretismo. El que sabía cuánto costaba cada contrato, qué secretario respondía y qué expediente podía trabarse. No gritaba. No tuiteaba. Firmaba.
Cuando terminó la gestión de Horacio Rodríguez Larreta en 2023, su nombre se apagó de golpe. Sin cargo, sin banca, sin vocería. En una Ciudad donde nadie se jubila políticamente a los 45, la pregunta empezó a circular en voz baja: ¿qué está haciendo?
Formalmente, no ocupa función pública. No integra el gabinete de Jorge Macri. No figura en armado electoral visible. Su actividad en redes es mínima. El repliegue fue total.
Pero en la rosca nadie cree en las desapariciones inocentes.
Fuentes del PRO porteño lo ubican en el sector privado, vinculado a asesoramiento estratégico y desarrollo de proyectos. Sin exposición. Sin declaraciones. Sin selfies. Perfil bajo quirúrgico.
Y ahí está la clave.
Felipe Miguel no era un dirigente de tribuna. Era estructura. Conocía la arquitectura interna del Estado porteño como pocos. Manejó presupuesto, seguridad, pandemia, contratos sensibles y coordinación política. Fue el ordenador silencioso del poder real de la Ciudad.
Hoy el PRO atraviesa una transición áspera:
- Jorge Macri consolida su propio esquema.
- El larretismo quedó fragmentado.
- La tensión con La Libertad Avanza redefine alianzas.
- El 2027 empieza a tomar forma antes de tiempo.
En ese escenario, el perfil técnico puede volver a cotizar.
Porque cuando el péndulo pase del discurso al resultado, los operadores que saben cómo funciona la máquina vuelven a ser valiosos.
La incógnita no es si quiere volver.
La incógnita es si lo van a necesitar.
Y en política porteña, nadie se retira del todo. Solo cambia de oficina.