El salario desplazó a la inflación como principal preocupación social

La principal preocupación ya no es la inflación: es el salario. Una encuesta de CB Consultora muestra que el deterioro del poder adquisitivo pasó al centro del malestar social.

La preocupación económica en la Argentina cambió de eje. Según una encuesta de CB Consultora Opinión Pública, la principal inquietud hoy pasa por los bajos salarios y la pérdida del poder adquisitivo, con 46,6% de las respuestas. En segundo lugar aparece la falta de empleo y la desocupación, con 21%, y bastante más atrás la inseguridad, con 8,3%.

El dato no es menor porque ordena de otro modo el humor social. Durante gran parte del último tiempo, la inflación ocupó el centro de la discusión pública. Sin embargo, en esta medición aparece con 4,9%, por debajo incluso de la corrupción (5,7%). La novedad no implica que el alza de precios haya dejado de ser un problema, sino que una parte importante de la sociedad parece haber corrido el foco hacia una dimensión más concreta: el deterioro del ingreso.

En términos políticos, la señal es relevante. El Gobierno puede exhibir una baja en la nominalidad de algunas variables, pero eso no alcanza por sí solo para mejorar la percepción social si los ingresos continúan rezagados frente al costo de vida. La encuesta sugiere, justamente, que el malestar ya no se organiza solamente alrededor de los precios, sino alrededor de la dificultad para sostener el consumo, llegar a fin de mes y preservar un nivel de vida.

Esa diferencia es central. La inflación es una variable macroeconómica; el salario, en cambio, es experiencia cotidiana. Cuando la principal preocupación pasa a ser el ingreso, la discusión deja de concentrarse en la estabilización y empieza a trasladarse a la vida concreta de trabajadores, familias y sectores medios.

La foto que deja la medición es clara: aun en un contexto donde el debate económico sigue dominando la agenda, la demanda social ya no parece ser únicamente la de frenar los precios, sino la de recuperar capacidad de compra. Y ahí es donde empieza otra discusión, menos técnica y bastante más incómoda para cualquier oficialismo: la de cuánto tiempo puede sostenerse un programa económico si la mejora no se percibe en el bolsillo.

El termómetro social ya no mira solo cuánto suben los precios. Empieza a mirar, sobre todo, cuánto vale todavía el salario.

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