
Milei bancó a Adorni cuando nadie lo pedía, lo sostuvo cuando todo crujía y lo abrazó cuando el expediente creció. Ahora los números le presentan la factura: el Presidente llegó a su piso histórico de imagen y la cuerda que lo ata a su jefe de Gabinete es la misma que lo arrastra.
Hay una decisión política que define a un gobierno más que cualquier discurso. No es la que se toma en los momentos de claridad. Es la que se toma cuando todo el mundo te dice que sueltes y vos igual apretás.
Javier Milei apretó.
Lo recibió en Olivos. Le mandó fotos. Le instruyó a los ministros que canalicen todo por él. Puso el cuerpo en un momento en que el cuerpo cuesta caro. Y ahora los números le devuelven esa decisión convertida en un dato que nadie en la Casa Rosada quiere mirar de frente: el Presidente llegó al piso histórico de su imagen desde que asumió.
Un sondeo reservado que circuló con alarma en Balcarce 50 lo dice sin anestesia. Aprobación de Milei en marzo: 24%. Veinte puntos menos que en octubre, cuando ganó las legislativas y cantó victoria. La desaprobación superó el 61%, récord de toda su gestión. La consultora brasileña AtlasIntel lo confirmó por otro lado: el nivel más bajo desde que arrancó.
El Gobierno que llegó prometiendo barrer la casta acaba de tocar su peor momento de imagen con un caso de corrupción en la cima del poder. La ironía no necesita subrayado.
La trampa del abrazo
El problema de Milei no es solo que Adorni esté investigado. El problema es que eligió abrazarlo cuando todavía podía no hacerlo.
En la primera semana del escándalo, antes de que aparecieran las cuatro prestamistas, la escribana con historia narco y los vuelos a Aruba, había margen para una salida prolija. Una “reestructuración” del gabinete, algún eufemismo institucional, y el daño quedaba en el perímetro del funcionario. Algunos ministros lo pedían en voz baja. Parte de la mesa política lo sugería off.
Milei dijo que no.
Cada foto con Adorni desde entonces es una foto con su expediente. Cada respaldo público es un respaldo a una causa que avanza, que suma testigos, que pide documentación y que tiene un fiscal —Gerardo Pollicita— que no da señales de querer frenar. “Sostenerlo ya no es una señal de lealtad”, dice alguien que conoce de cerca la mesa política del oficialismo. “Es una señal de que no ven lo que está pasando afuera.”
Lo que está pasando afuera es esto: el mileísmo construyó su identidad sobre una sola promesa. No más casta. No más corrupción. No más funcionarios que se enriquecen mientras el resto ajusta. Ese fue el combustible original. La nafta que encendió todo. El relato que justificó el dolor del ajuste: nosotros no somos como ellos.
Ahora “ellos” es el jefe de Gabinete que compró dos propiedades con plata prestada por jubiladas, escrituradas por una notaria que trabajó con narcos, mientras viajaba a destinos que después negó haber visitado. Cuando el relato se rompe desde adentro, ningún discurso lo suelda.
El número que nadie dice en voz alta
El 70% de los argentinos pide la renuncia de Adorni. El 75% según algunas consultoras. Eso no es oposición: eso incluye votantes propios, la base dura que aguantó el ajuste creyendo en el cambio.
Zuban Córdoba midió al jefe de Gabinete por separado y el resultado es una autopsia política: 66% de imagen negativa, apenas 21,5% positiva. El hombre que durante meses fue la cara del Gobierno —el que bajaba el telón de la realidad oficial con una sola palabra, Fin— hoy es el político con imagen más dañada de todo el gabinete.
Y sin embargo sigue.
Los encuestadores advierten que la economía pesa tanto o más que el caso Adorni en la caída de imagen. Es verdad. Salarios planchados, empleo en baja, futuro que se nubla: esas son heridas propias del modelo, independientes del escándalo. Pero un gobierno con la macro complicada y un caso de corrupción encima no tiene dos problemas separados: tiene un problema doble. Y el segundo se cierra con una decisión. El primero tarda más.
Esa decisión Milei eligió no tomarla. Y cada semana que pasa, el costo se indexa.
El empate que tiene nombre y apellido
Dentro de La Libertad Avanza hay un diagnóstico que ya no se dice en voz baja: Adorni debería irse. Lo piensan ministros, lo repiten operadores, lo calculan los que miran las encuestas. Pero el diagnóstico no se convierte en decisión porque hay un empate que paraliza, y ese empate tiene nombre y apellido.
Karina Milei instaló a Adorni. Es su hombre. Soltarlo sería admitir un error de selección, ceder terreno en la interna y entregarle a Santiago Caputo la narrativa de que ella falla cuando elige. Caputo, que juega otra partida en paralelo, tampoco mueve ficha: si Adorni cae por presión de la Justicia o de la opinión pública, no quiere que Karina se quede con el crédito de haberlo empujado. El resultado es conocido: nadie actúa, el expediente crece, y el Presidente paga la parálisis de su propio entorno con su imagen.
“Es un empate que no le conviene a ninguno de los dos, pero que tampoco ninguno de los dos quiere romper primero”, describe alguien con acceso directo al armado libertario. El tablero está trabado. Y mientras el tablero está trabado, el reloj corre.
El 29 de abril Adorni debe presentarse ante el Congreso. La oposición ya preparó 4.800 preguntas. No es una interpelación: es un juicio político con formato parlamentario, en horario central, con cámaras. Ese día, si sigue en el cargo, Adorni no será solo el funcionario investigado. Será el espejo en el que la gestión de Milei se tendrá que mirar durante horas. Y lo que el espejo muestre, el Presidente también lo tendrá que pagar.
En política, un ancla no te hunde de golpe. Te hunde despacio, mientras seguís creyendo que podés nadar con ella puesta.
Milei eligió el ancla. Los números muestran que ya empezó a arrastrarlo. Y lo que todavía no se sabe es si el Gobierno va a esperar a tocar fondo antes de decidir soltar.
El que no suelta a tiempo, después no elige cuándo soltar.