
Un informe nacional de marzo detectó que el malhumor social cambió de eje: bajó la centralidad de los precios y subieron salario, empleo y desgaste político. Milei todavía conserva un núcleo duro competitivo, pero el crédito social del ajuste empezó a achicarse.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el Gobierno podía ordenar casi toda la conversación pública alrededor de una sola palabra: inflación. Era el enemigo perfecto. Visible, cotidiano, insoportable. También era el terreno donde Javier Milei había decidido jugar su legitimidad. Si bajaban los precios, había relato. Si había relato, había aguante. Si había aguante, había tiempo.
Ese mecanismo empezó a crujir.
El informe nacional de OIKOS Consulting Group para marzo de 2026 muestra que el humor social ya no está dominado por la pelea contra la inflación sino por algo más concreto, más doméstico y más peligroso para cualquier oficialismo: la sensación de que el sueldo no alcanza y el trabajo no alcanza a estar garantizado. La inflación, aun con peso, dejó de ser la principal obsesión. En su lugar aparecen dos fantasmas mucho más incómodos: salarios y empleo.
Ahí está el dato político de fondo. Porque un gobierno puede sobrevivir bastante tiempo mientras la sociedad crea que está atravesando un sacrificio transitorio para llegar a un orden mejor. Lo que cuesta más es sostener esa paciencia cuando la macro empieza a dejar de ser conversación de economistas y la angustia vuelve a instalarse en la mesa familiar, en el recibo de sueldo y en la incertidumbre laboral.
La encuesta retrata justamente ese pasaje. La satisfacción general con la marcha de las cosas cae al 33%, mientras el 65% se declara insatisfecho. En paralelo, la aprobación presidencial queda en 38% y la desaprobación trepa al 59%. No es un derrumbe terminal, pero sí una señal clara de desgaste. El crédito no se evaporó, pero dejó de ser infinito.
Ese 38%, de todos modos, sigue siendo un número políticamente serio. Milei conserva una base fiel, intensa y bastante reconocible: hombres, jóvenes y votantes que ya lo habían acompañado en el ciclo anterior. Es un apoyo ideológico, emocional y, sobre todo, prospectivo. No está anclado tanto en el presente como en la promesa de futuro. El mileísmo sigue viviendo de una expectativa, no de una tranquilidad.
Por eso el informe acierta cuando marca que no hay grises emocionales. El Presidente no genera una adhesión tibia ni un rechazo blando. Genera esperanza o hartazgo. Fe o rechazo visceral. En esa polarización afectiva todavía se sostiene una parte importante de su fortaleza. Mientras una porción considerable del electorado siga creyendo que el dolor de hoy compra un mañana mejor, el Gobierno conserva oxígeno.
Pero el problema es que el reloj corre.
El mismo trabajo muestra que el 46% cree que la economía del próximo año va a empeorar, contra apenas un 30% que imagina una mejora. Esa relación ya no habla solo del presente: habla del futuro empezando a ensombrecerse. Y cuando se empieza a romper la expectativa, no se rompe solamente un indicador. Se rompe la paciencia narrativa que sostiene al ajuste.
Hay otro dato que completa el cuadro: la crisis institucional. El Ejecutivo, el Congreso y la Justicia aparecen con niveles de aprobación bajísimos. Es decir, el malhumor no se descarga solo sobre una gestión o sobre una oposición, sino sobre el sistema entero. En ese contexto, Milei todavía tiene una ventaja comparativa: sigue siendo, para una parte de la sociedad, menos culpable que el resto del decorado. Aun desgastado, conserva algo del crédito antisistema que lo llevó al poder.
Esa es la razón por la que el momento es delicado pero no terminal. El Presidente no está fuerte como al comienzo, pero tampoco está liquidado. De hecho, el benchmark histórico del propio informe le permite mostrar un dato nada menor: a esta altura del ciclo conserva más aprobación que Mauricio Macri en el mismo tramo y muchísimo más que Alberto Fernández. No alcanza para cantar victoria, pero sí para entender por qué el oficialismo todavía no entró en pánico.
La rosca de fondo pasa por otro lado: qué hace un gobierno libertario cuando su principal activo deja de ser el éxito concreto y pasa a ser la expectativa residual. Ahí es donde la política se vuelve más áspera. Porque la baja de la inflación podía exhibirse como una conquista objetiva. En cambio, pedir paciencia frente a salarios planchados y miedo al desempleo exige algo más difícil: credibilidad social en cuotas.
Y la credibilidad, como el crédito, también se ajusta.
En ese mapa, hay temas que todavía le dan aire al oficialismo. La baja de la edad de imputabilidad aparece con consenso alto y confirma que seguridad sigue siendo una avenida rentable para el Gobierno. En cambio, la reforma laboral genera rechazo mayoritario y se perfila como una zona de conflicto político más costosa. Traducido al castellano de la Casa Rosada: endurecer discurso puede sumar; tocar derechos en un contexto de fragilidad económica puede incendiar.
La conclusión incómoda del informe es bastante simple: el ajuste sigue teniendo sostén, pero ya no tiene cheque en blanco. La sociedad no se rebeló masivamente, pero empezó a pasar factura. Y esa factura ya no llega por el lado de los precios, sino por el lado de la vida real.
Ahí está el verdadero cambio de época para Milei. El problema ya no es explicar la inflación heredada. El problema empieza a ser explicar por qué, aun con inflación menos central, la plata sigue sin alcanzar y el futuro se siente cada vez menos seguro.
La economía puede ordenarse en las planillas. El humor social, no tanto. Y cuando el humor se da vuelta, ninguna motosierra alcanza para cortar el desgaste.