
La discusión no aparece por nostalgia ni por capricho. Aparece ahora porque la Jefatura de Gabinete volvió al centro de la escena. Manuel Adorni fue designado formalmente en ese cargo en noviembre de 2025, tras la salida de Guillermo Francos, y en estas semanas quedó envuelto en un desgaste político que le pegó de lleno al corazón del relato libertario. Ahí se reabre una pregunta vieja, pero decisiva: si la Jefatura sigue siendo la sala de máquinas del Gobierno o si se convirtió en una extensión del micrófono.

Por eso mirar a Marcos Peña y a Guillermo Francos no es un ejercicio de archivo: es una forma de medir qué tan pesado sigue siendo ese sillón. Peña fue el jefe del método. Desde el arranque del macrismo usó la Jefatura como cerebro político, administrativo y narrativo, con informes regulares ante Diputados y una lógica de centralización que podía gustar más o menos, pero que dejaba una certeza: había mando. Francos representó otra escuela. Menos laboratorio y más oficio. Su etapa quedó marcada por la negociación con gobernadores, el Congreso y los bloques dialoguistas, y por una jefatura más orientada a destrabar que a teorizar. También pasó por Diputados y Senado con informes de gestión que mostraban un perfil clásico: administrar, contener y juntar poder real.

Ahí está el punto de fondo. Peña y Francos no se parecían en casi nada, pero los dos entendían la naturaleza del cargo. Uno ordenaba desde arriba y el otro desde los costados. Uno creía en la arquitectura del poder; el otro, en la plomería. Uno concentraba; el otro conectaba. Pero ambos sabían que un jefe de Gabinete no está para protagonizar el ruido sino para absorberlo antes de que llegue intacto al despacho presidencial. Esa es la comparación que hoy vuelve sola. No porque el presente invite a idealizar el pasado, sino porque cuando el centro del gobierno pierde densidad, todo el edificio empieza a crujir.
El cargo, en el fondo, nunca fue decorativo. Es el lugar donde un gobierno deja de ser impulso y se convierte en estructura. Por eso esta discusión importa. Porque en la Argentina el poder no se mide solo por el volumen de la voz, sino por la capacidad de ordenar el caos sin que se note demasiado. Peña lo hizo a su manera. Francos, a la suya. Dos estilos distintos para una misma misión histórica: que la Casa Rosada no sea solo escenario, sino comando. Y cuando eso falta, se nota rápido. No porque el gobierno hable menos. Sino porque empieza a mandar peor.
Remate: los gobiernos cambian de tono, de uniforme y de libreto. Pero hay una ley vieja que sigue intacta: cuando la Rosada tiene jefe, el poder respira. Cuando no, el poder jadea.