El mismo distrito que LLA viene trabajando para conquistar volvió a moverse, pero del otro lado del mostrador. Mientras la tropa violeta de Pilar Ramírez le marca la cancha a Jorge Macri desde la Legislatura, el PRO porteño sacó una foto que es, en sí misma, un mensaje: comuneros, referentes barriales, legisladores y militantes reunidos para pensar los próximos pasos en la Ciudad. La leyenda la puso Ezequiel Sabor, secretario general del PRO porteño y asesor principal del jefe de Gobierno. El subtexto es claro: el amarillo no piensa entregar la Ciudad sin pelear.

La foto que encendió la señal
Sabor posteó el encuentro con una definición que conviene leer dos veces. El espacio, escribió, se encamina a 2027 con una sola certeza: “tenemos un candidato para la Ciudad y es Jorge Macri”. No es un detalle en un momento en que LLA repite que quiere jugar con candidatos propios en el distrito.
La convocatoria —presidentes de juntas comunales, comuneros y referentes barriales— apunta al corazón del aparato porteño: la red territorial que el PRO construyó en casi dos décadas de gestión. Entre los dirigentes que el oficialismo vuelve a poner en cancha aparece Maximiliano “Maxi” Corach, cuadro larretista histórico, con anclaje en la Comuna 14 de Palermo —donde encabezó listas de comuneros en 2011 y 2015— y hoy funcionario de la gestión de Jorge Macri.
Pero ojo con la letra chica de esa foto: hay caras que juegan a dos puntas. Algunas posan de amarillo mientras siguen respondiendo, por afuera, al larretismo; otras sonríen para el PRO mientras, por lo bajo, ya tantean el violeta. En la política porteña la pertenencia casi nunca es de una sola bandera, y estos reagrupamientos también sirven para tomar lista de quién está realmente dónde.
Los ingenieros del reagrupamiento
El movimiento no es espontáneo. Detrás de las recorridas que Mauricio Macri viene haciendo por el interior para reordenar al PRO trabaja una avanzada silenciosa, integrada por Fernando De Andreis, el propio Sabor y Ezequiel Jarvis. Son los que preparan el terreno antes de cada acto: conversaciones reservadas con dirigentes provinciales, presidentes partidarios, legisladores e intendentes que alguna vez formaron parte de la estructura amarilla. Sabor aporta el despliegue territorial; dentro de la gestión porteña tiene a cargo, justamente, la relación con los comuneros.
La tarea no se agota en reordenar la estructura. En el macrismo asumen que Milei ya ocupó el terreno del ajuste fiscal y apuestan a que la próxima etapa se va a discutir en otro plano: la gestión, la administración del Estado, la capacidad de implementar políticas. Para eso necesitan recuperar cuadros técnicos y equipos con experiencia de gobierno. Traducido a la Ciudad: el PRO se prepara para discutirle a LLA no la motosierra, sino la administración.
Hay un patrón en los nombres que reaparecen: muchos vienen del riñón de Horacio Rodríguez Larreta y hoy reman para el jorgemacrismo. Corach trabajó junto al ex jefe de Gobierno desde 2005 y fue uno de sus operadores para tejer alianzas en el interior. Jarvis, hoy vicepresidente del CEAMSE por la Ciudad y uno de los pocos funcionarios de aquella gestión que Jorge Macri no solo ratificó sino que ascendió. Sabor, por su parte, fue embajador en México durante la presidencia de Mauricio Macri y terminó convertido en uno de los primeros jorgemacristas.
Es la otra cara del relato libertario. Mientras LLA exhibe cada vez que suma a un dirigente amarillo a sus filas, el PRO hace el camino inverso: repatría a los suyos y los reordena bajo un mismo paraguas. Ahí asoma una pregunta de fondo que excede cualquier cargo: ¿quién conduce, en los hechos, la recomposición del aparato porteño, el primo que gobierna o el ex presidente que reconstruye?
El candidato que se les cayó
El reagrupamiento, además, llega en un momento inmejorable. Hasta hace unos meses LLA tenía un nombre cantado para disputarle la Ciudad a Jorge Macri en 2027: Manuel Adorni, que en mayo de 2025 había ganado la elección legislativa porteña por más de quince puntos y se perfilaba como el heredero natural del proyecto libertario en el distrito. Esa certeza se evaporó. Una seguidilla de denuncias por presunto enriquecimiento ilícito —una casa en un country, un departamento en Caballito y un patrimonio que creció con fuerza en apenas dos años de gestión— derivó en una investigación judicial y en un desgaste que el propio jefe de Gabinete no logró contener.
En mayo de 2026, Adorni terminó bajándose él mismo de cualquier aspiración porteña: “No va a pasar”, dijo, y calificó de “irracional” la idea de competir por la Jefatura de Gobierno. Sin su carta más fuerte sobre la mesa, LLA quedó sin candidato natural en el distrito justo cuando el PRO recompone su aparato. La foto de Sabor, entonces, no es solo una demostración de músculo territorial: es la lectura de un oficialismo porteño que huele la oportunidad.
Por qué Ramírez mira de reojo
La señal le llega a una dirigente que tiene el distrito como obsesión. Pilar Ramírez, presidenta del bloque de LLA en la Legislatura y de la fuerza porteña, diseña la estrategia libertaria en lo que ella misma define como el bastión del PRO. Su bancada pasó de tres a catorce legisladores y se transformó en la segunda fuerza del recinto, una magnitud que le permite condicionar la agenda de Jorge Macri aunque todavía no le alcance para imponerla sola.
El dato que tensiona todo está en la letra chica de la alianza: cuando sellaron el acuerdo para octubre de 2025, LLA y PRO firmaron que iban a trabajar juntos hasta 2027. La tregua tiene fecha de vencimiento, y vence justo en el año en que se define la Jefatura de Gobierno. La lectura es casi inevitable: los dos socios juegan dos partidos a la vez. Cooperan en la Legislatura mientras, por abajo, cada uno arma para el día en que la sociedad se rompa.
El reagrupamiento que mostró Sabor confirma que el PRO no se resigna al papel de socio menor. Reactiva comuneros, blinda a Jorge Macri y recompone una red que LLA todavía no tiene en el territorio. La pregunta que queda abierta no es si habrá pelea por la Ciudad en 2027, sino quién llega mejor parado: el espacio que conserva la marca pero perdió a su candidato, o el que todavía tiene el aparato y necesita demostrar que sigue sabiendo ganar.